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| Los dos cuerpos de Cristo |
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René Cesa Cantón Domingo, 19 Agosto 2012 San Pablo nos presenta la Eucaristía como misterio de comunión: “El cáliz que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?”. Comunión significa intercambio, compartir. La regla fundamental de compartir es ésta: lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío. Probemos a aplicar esta regla a la comunión eucarística y nos daremos cuenta de la “grandiosidad” del tema.¿”Qué tengo yo específicamente mío”? La miseria, el pecado: esto es exclusivamente mío. ¿Y qué tiene “suyo” Jesús que no sea santidad, perfección de todas las virtudes? Entonces la comunión consiste en el hecho de que yo doy a Jesús mi pecado y mi pobreza, y Él me da su santidad. Se realiza el “maravilloso intercambio”, como lo define la liturgia. Conocemos diversos tipos de comunión. Una comunión bastante íntima es la que se produce entre nosotros y el alimento que comemos, pues éste se hace carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. He oído a madres decir a su niño, estrechándole hacia su pecho y besándole: “¡Te quiero tanto que te comería!”. Es verdad que la comida no es una persona viva e inteligente con la que podemos intercambiar pensamientos y afectos, pero supongamos por un momento que lo fuera. ¿Acaso no se tendría la perfecta comunión? Pues es lo que precisamente sucede en la comunión eucarística. Jesús, en un pasaje del evangelio de san Juan, dice: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo... Mi carne es verdadera comida... El que come mi carne tiene vida eterna”. Aquí el alimento no es una simple cosa, sino una persona viva. Se tiene la más íntima, si bien la más misteriosa, de las comuniones. Observemos qué sucede en la naturaleza, en el ámbito de la nutrición. Es el principio vital más fuerte el que asimila al menos fuerte. Es el vegetal el que asimila al mineral; es el animal el que asimila al vegetal. También en las relaciones entre el hombre y Cristo se verifica esta ley. Es Cristo quien nos asimila; nosotros nos transformamos en Él, no Él en nosotros. Y san Pablo, en otro texto nos dice: “Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan”. Está claro que en este segundo caso la palabra “cuerpo” no indica ya el cuerpo de Cristo nacido de María, sino que nos indica a “todos nosotros”, indica aquel cuerpo de Cristo más amplio, que es la Iglesia, en otras palabras, el cuerpo místico de Cristo. Esto significa que la comunión eucarística no es sólo “unión común con Cristo, sino también “Koinonia”, comunión entre nosotros. Comiendo todos del único alimento, formamos un solo cuerpo. ¿Cuál es la consecuencia lógica de estas afirmaciones de la Sagrada Escritura? Que no podemos tener verdadera comunión con Cristo si estamos divididos entre nosotros, si nos odiamos, si no estamos dispuestos a reconciliarnos. Si has ofendido a tu hermano, decía san Agustín, si has cometido una injusticia contra él, y después vas a recibir la comunión como si nada hubiera pasado, tal vez lleno de fervor ante Cristo, te pareces a quien ve llegar a un amigo al que no ve desde hace mucho tiempo. Corre a su encuentro, le echa los brazos al cuello y se pone de puntillas para besarle en la frente. Pero al hacer esto no se percata de que le está pisando los pies con su calzado embarrado. Los hermanos, en efecto, especialmente los más pobres y desvalidos, son los miembros de Cristo, son sus pies posados aún en la tierra. Al darnos la sagrada forma, el sacerdote dice: “El cuerpo de Cristo”, y respondemos: “¡Amén!”. Ahora sabemos a quién decimos “Amen”: a Jesús, el Hijo de Dios, realmente presente en la Eucaristía, claro está, pero también presente en el prójimo cercano y… más necesitado. El beato Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica “Iglesia en América”, nos dice que a Cristo lo encontramos en su Palabra, en la Eucaristía y en el Pobre. En los tres al mismo tiempo y no por separado. Algunos quieren encontrar a Cristo sólo en el Pobre, otros únicamente en la Eucaristía. Las dos actitudes son incompletas, no nos llevan al auténtico Cuerpo de Cristo.
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