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Naufragios

De política y cosas peores

Martes, 07 Agosto 2012

Catón

El vehemente galán recibió por primera vez permiso de su novia de expresarle su amor con encendidas caricias de voluptuosidad. Eso sí: ella le advirtió -seguía el consejo de su avisada madre- que de la tapia podía agarrar todo, pero de la huerta nada. Eso significaba que el muchacho podía llegar a la primera base, a la segunda y la tercera, pero no al home.
O sea que le estaba vedado consumar el último deliquio. El novio, pues, empezó a tocay y retocar, y movido por la emoción le dijo a su dulcinea: “¡Susiflor! ¡No encuentro palabras!’’. Respondió ella: “Y ahí dónde tienes la mano menos las vas a encontrar’’. (¡Cuidado, Susiflor! ¡Mira que de los abracijos nacen hijos!)…
Llegó un señor de edad más que madura al consultorio de un urólogo. “Doctor -se quejó-. Tengo una sensación extraña en la entrepierna. Es como un cosquilleo, un picor inquietante y deleitoso, una especie de titilación”. Después de examinarlo dijo el facultativo: “No encuentro nada extraño en su parte varonil, señor. Sin embargo permítame hacerle una pregunta algo indiscreta: ¿cuándo fue la última vez que realizó usted el acto del amor?”.
Contestó muy apenado el veterano: “Fue hace ya más de un año, doctor. Y, por cierto, ni siquiera lo pude terminar”. “Ahora lo comprendo todo –dijo el facultativo usando una expresión de las comedias españolas-. Eso que está usted sintiendo es precisamente la terminación”… Llegó al pueblo una de esas nuevas sectas que dan dinero y regalos a quienes en ellas se afilian. Lo único que pedían los dirigentes de la agrupación a los aspirantes como requisito para entregarles esos dones era que recitaran unas oraciones, cantaran un par de himnos y presentaran a la feligresía un testimonio de su conversión.
Dos jóvenes campesinos, Cerinelio y Frumentino, decidieron presentarse a fin de recibir los atractivos obsequios en dinero y especie. Pero volvieron a su rancho muy decepcionados. Les preguntó alguno: “¿Qué pasó?’’. Relató Frumentino: “Al principio no hubo ningún problema. Rezamos las oraciones y cantamos los himnos. Pero cuando nos pidieron que mostráramos nuestros testimonios yo creo que equivocamos la palabreja, porque al enseñárselos se enojaron mucho y nos echaron del salón’’... En México naufraga el navío de la derecha, y el barco de la izquierda hace agua. Repetiré esa frase, pues no sólo es sonora y lapidaria, lo cual ya de por sí le da prestancia, sino además expresa una verdad. “En México naufraga el navío de la derecha, y el barco de la izquierda hace agua”.
En efecto, el PAN hace desfiguros en su inútil empeño de disfrazar su estrepitosa caída -del primer sitio al tercero- en el pódium de lo electoral. El PRD, impedido por los grillos y grilletes con que lo sigue aherrojando López Obrador, no cobra vida propia, y depende para todo de ese caudillo sexenal que al son de “A la tercera es la vencida” prepara ya el camino para volverse a presentar en la palestra dentro de seis años. (Y dentro de 12 también, y aun de 18 si se hace necesario). Niéguelo quien lo negare –y esto lo digo muy a mi pesar- el PRI es el único partido que está mostrando cohesión, estructura organizativa y eficacia en sus procedimientos. Por eso ganó la elección presidencial, y si el PRD y el PAN siguen claudicando ganará en igual forma la siguiente.
No es bueno que la derecha y la izquierda dejen solo al PRI en el ejercicio del poder. Igual que sucede con los tres poderes constitucionales, también entre los partidos debe haber un sistema de frenos y contrapesos, pues de otra manera el PRI volverá a ser el partido hegemónico que antes fue. Y eso no será su culpa: la responsabilidad recaerá en esa oposición que a sí misma se debilita y empobrece. Ya te lo dije, oposición. Si no me haces caso, en tu salud lo hallarás…
El ancianito se quejaba con voz doliente en una reunión. Comparaba las galas de su juventud con los quebrantos de la mayor edad, y decía con tristeza: “Cuando yo era joven todas las partes de mi cuerpo eran suaves y blandas’’. “Todas, menos una’’ -aclaró la viejecita sonriendo evocadoramente al tiempo que le daba a su esposo una amorosa palmadita. “En cambio ahora -siguió diciendo el anciano señor-, todas las partes de mi cuerpo son duras, rígidas’’. “Todas, menos una’’ -aclaró la viejecita dirigiéndose a los demás... FIN.

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