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| Fábrica de silencio |
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René Cesa Cantón Domingo, 24 Junio 2012 “Isabel dio a luz un hijo.Y a Zacarías se le soltó la lengua y alababa a Dios” (San Lucas cap. 1) En el libro bíblico de los Reyes, encontramos al profeta Elías deseoso de hablar con el Señor. Subió hasta el monte Horeb y allí retumbaba el huracán. Pero el Señor no estaba en el huracán. Después hubo un gran terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto. Luego fulguró el rayo. Pero el Señor no estaba en el retumbar de los truenos. Finalmente llegó una brisa suave que parecía tejida en el silencio. Y el profeta Elías se tapó la cara con el manto porque allí estaba el Señor. Hoy celebramos el nacimiento de San Juan Bautista. Apareció un gran profeta. Entre los nacidos de mujer ninguno como él, nos dice el Evangelio. Y como preparación a su alumbramiento misterioso, Zacarías, el esposo de la anciana Isabel, se quedó mudo durante nueve meses. Las maravillas de Dios se preparan en el silencio y sólo se pueden contemplar en el silencio. Juan Bautista es un hombre fuera de lo común. Asombra su sinceridad. No se apropia las grandezas ajenas y declara llanamente que él no es el Mesías, apenas su precursor. Dice la verdad sin adornos. A los ricos: compartan sus bienes con los pobres. A los cobradores de impuestos: no exijan más de lo debido. A los soldados: no molesten a nadie con falsas denuncias. A Herodes: no te es lícito tener la mujer de tu hermano. Su voz es firme y vibrante. Es el hombre del desierto, amigo del silencio. Sabe hablar, porque ha aprendido a callar. Los que vivimos aturdidos por la algarabía e intoxicados de bullicio, ¿qué podemos hacer? Hay un silencio que se puede fabricar, aún viviendo entre la gente. Algunos lo llaman silencio interior. Se construye cuando serenamos nuestras preocupaciones, cuando aplacamos un poco las tensiones del trabajo o del estudio y empezamos a mirar nuestra vida desde dentro. Entonces las cosas que nos rodean aparecen en su verdadera dimensión y encontramos a Dios en el fondo de nuestra conciencia. El campo es tan hermoso porque allí todavía reina el silencio. Lástima que los que vivimos en la ciudad, cuando nos refugiamos en el campo llevamos nuestro equipaje de ruido. El lugar de ese silencio interior es también el hogar. Al regresar a casa, podemos construir el silencio. Es la voz amable de la esposa, el diálogo cariñoso con los hijos, el examen sereno y tranquilo de nuestra conciencia. Entonces como una brisa que se adentra de puntillas hasta lo más hondo del ser, Dios llega a nosotros. Hay otro silencio que también vale la pena fabricar. Consiste en no decir la palabra inoportuna, callamos cuando el prójimo no está dispuesto a la corrección, no hacer el comentario que destruye la fama ajena, no responder con ira cuando nos ofenden… En este silencio también se encuentra a Dios. Nuestra vida pudiera ser más serena y feliz, y más agradable, si aprendiéramos un poco a callar. Kaloni Kienga, aquel misterioso navegante de una novela de Morris West, nos dice: “Después de cada faena soy como una cuerda deshilachada. Entonces me siento en el silencio a trenzarme de nuevo, miro hacia dentro y sueño. Permanezco en silencio, porque cada palabra es un hilo que le arranco a mi cuerda”.
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