Ciudad de México.- Mientras claman por la libertad de transitar por el mundo, los humanos colocan diques para las especies migratorias. Las aves chocan con cables eléctricos y moles de concreto que dominan paisajes antes arbolados, o encuentran mares de cemento en lugar de marismas donde alimentarse.

"Las aves migratorias son interesantes porque resaltan algunas de nuestras propias contradicciones. Constantemente aspiramos a movernos más libremente por el mundo, y, sin embargo, hacemos lo contrario para las aves migratorias. Ponemos impedimentos a sus viajes.

"Es la naturaleza la que dicta los movimientos de estas especies y tendemos a olvidar que somos parte de la naturaleza y deberíamos atender un poco más sus reglas", insta Jean-Christophe Vié, director adjunto del Programa Global de Especies de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Este 10 de mayo se celebra el Día Mundial de las Aves Migratorias, cuyo lema "Su futuro es nuestro futuro", enfatiza la interdependencia entre las personas y las aves que migran de un territorio a otro en vuelos que pueden durar --sólo de ida-- unas cuantas semanas o varios meses. Hay casos extraordinarios, como el del chipe gorrinegro, capaz de recorrer 3 mil 200 kilómetros sin escalas en 72 horas, equivalente a viajar mil kilómetros diarios sin descanso, destacan Humberto Berlanga y Vicente Rodríguez, especialistas de Conabio, en la publicación "Las aves migratorias: a prueba de muros".

"Obviamente llegan agotadas y necesitan consumir cuanto alimento encuentren porque gastan muchísima energía", explica en entrevista Rodríguez.

Si las aves migratorias no consumieran toneladas de insectos durante sus travesías, las plagas arrasarían las cosechas, añade. Contribuyen, además, a la dispersión de semillas y a la polinización.

Su presencia temporada tras temporada, o su permanencia en un territorio en el caso de las residentes, señala ecosistemas sanos; la ausencia de aves, entonces, debe ser motivo de alarma.

"Es como el canario en la mina", compara Rodríguez, "los mineros lo usaban para saber si había gases inertes y, si moría el canario, salían todos de la mina. Digamos que la comunidad de aves funciona así: cuando vemos que ya no están las especies que deberían estar, significa que algo está mal con ese hábitat, y eso nos va a afectar a todos tarde o temprano".

De las mil 107 especies de aves en México, 340 son migratorias de invierno, con un hábitat cada vez más mermado por la eliminación de zonas boscosas convertidas en áreas ganaderas, agrícolas, de aprovechamiento forestal o de ocupación urbana.

"Ellas están adaptadas a sus lugares, y al no encontrarlos en condiciones óptimas no pueden alimentarse completamente y eso les resta energía en la migración", expone al señalar que los crudos inviernos de Norteamérica significan para las aves menos recursos alimenticios y viajan aquí para encontrarlos, hasta su retorno en primavera.

Se enfrentan también a la cacería, al envenenamiento con plaguicidas, a depredadores y a la captura ilegal para el mercado de mascotas. Sin embargo, el número de personas que prefiere las aves fuera de su jaula va en aumento, según refleja la multiplicación en México de clubes de observación de aves como actividad recreativa. En un trienio han pasado de 5 a unos 40 ahora, informa Rodríguez

"Tradicionalmente a la gente le gustaba tener a las aves por sus cantos, pero ahora se dan cuenta que cantan más y con mayor variedad cuándo están en libertad. Es más amigable con el medio ambiente observarlas en libertad, que tenerlas encerradas".

Para celebrarlas en su día aconseja mirarlas.

"La dicha de observarlas conlleva la responsabilidad de cuidarlas", enfatiza.

Agencia Reforma

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