Es supuestamente la serie más exitosa en la corta historia de Neflix, y aunque no hay data estadística que lo avale, todo indica que debe ser así.

A diferencia de la también muy exitosa “El señor de los cielos” (que Blim le escamoteó a Netflix) y que puso de moda el narcoterrorismo en tevé, “Narcos”, que estrena temporada 3 es 95% locaciones –Colombia, Nueva York, Ciudad Juárez, Barbados--, que en la primera sólo mostraban los sitios de la acción con la misma imagen y el título “Culiacán”, p. ej.; y mientras la saga de Amado Carrillo, muy bien actuada, vestida y ambientada (ambas series se ubican, lógicamente, en los 70s), es repetitiva, cuyo vacío argumental es con frecuencia rellenado por escenas de sexo y alcoholización.

Pero, hay que reconocerlo, de la serie popular de la que derivan ya varias otras como “El Chapo”, “El Chema” y quién sabe cuántas más, que ni se le acercan en calidad (todas, además, “creadas” entre muchos predominantemente Luis Zelkovicz y que derivan de los largometrajes de 1997 y siguientes, incluso plagiando el título), y que tiene una presencia singular, viril, carismática y ambivalente, el sonorense Rafael Amaya en el rol de “Aurelio Casillas” (¿ven?: A.C., Amado Carrillo, muuuy original) junto con otras presencias memorables, en especial Fernanda Castillo y Carmen Aub, aparte de galanes y bellezas, posee saludable dosis de humor, de la que “Narcos” carece.

Pero “Narcos” 1 y 2, posee la ya icónica presencia del brasileño Wagner Moura en el rol de Pablo Escobar, querible y odiable, personaje que exigió al actor no sólo memorizar sus parlamentos en español –su idioma nativo es el portugués) sino engordar y someterse a dietas como a intensas sesiones de ejercicios.

La T3 hereda a Pedro Pascal de la 1,2, cada una de 10 capítulos de una hora, como el incorruptible y perseverante Javi Peña, texano que trabaja para la DEA, la Drug Enforcement Administration que como su parienta la CIA se mete en todo, captura o mata y luego avisa, porque ni siquiera pide permiso.

Pascal, chileno también conocido como el príncipe Obelyn Martell de “Juego de Tronos” y hace poco estuvo en La Gran Muralla y antes en Los Agentes del Destino, las dos con Matt Damon, personifica a su duro agente mujeriego sin el carisma de Moura, aunque es un buen actor principal; pero en T3 está en el sitio 2 de créditos el más llamativo Damián Alcázar, veterano experto que como Gilberto Orejuela aquí es la cabeza del Cártel de Cali, que a diferencia del de Medellín, controlado por Escobar, no asesina sino sólo soborna, su lema es hacer su labor en la sombra, sin violencia, pero llega a alcanzar estatus del más poderoso del orbe.

“Narcos” como cualquier otra del tema, emplea personajes ficticios y situaciones alteradas, lo que aclara en su intro antes de créditos (aunque herederos declaran que hay demasiadas falsedades y sin apego a una realidad estricta. Pero el telespectador está consciente, o debe estarlo, de que se trata de una narración más de entretenimiento que informativa.

Y “Narcos” cumple con su pléyade de directores, que incluye al novato Gabriel Ripstein, hijo del gran Arturo, él mismo guionista, productor y director (600 Millas, un buen film gana-premios) y actores internacionales como el argentino Alberto Amman, como “Pacho”, Francisco Denis como Miguel Orejuela, el portugués Pepé Rapazote, los españoles Miguel Ángel Silvestre y el almodovariano Javier Cámara, Chema Yázpik en breve como Amado Carrillo, con Pascal encabezando y nuestro Alcázar robándose cada escena en que está. (Otros mexicanos que la hicieron muy bien en las 1-2, Paulina Gaitán, como la mujer de Escobar, y Diego Cataño, como sicario despiadado.

Si las T1 y T2 se vieron fuertes en acción violenta, T3 creo que las supera en este terreno, incluso en recursos, ahora que se ha popularizado en el orbe, y ya anuncian la T4 para el ´18. Moura queda en un pasado que aún brilla por la sola fuerza de su interpretación, pero es una producción muy recomendable, aunque sólo para personas de criterio amplio (no hay tanto sexo ni alcohol como en “Sr. de los cielos”), y poco impresionables. Todo lo que describe sucedió, sin duda, tantito alterado quizá por necesidad de dramatización y es algo que, dolorosamente, nos está tocando vivir, en una versión más brutal e inútilmente cruel, aquí no hay superhérores ni realidades alternas. Véala como entretenimiento, nada más, aunque si es impresivo como yo, se verá con frecuencia desviando la mirada ante el despliegue de sanguinolencia desbordante.


Talavera Serdán