En la función del sábado noche no hubo tísicos, y los celulares no repiquetearon, como suele suceder en ocasiones como esta. ¡Aleluya!.

Ojos y oídos puestos en esa celebración del espíritu y el talento calórico --por lo nutriente-- del casi centenar de chiquillos y no tanto, disciplinados por el amor y la energía inagotables de la maestra fundadora Martha Sahagún y la rigidez de oficio de la enormemente talentosa maestra coreógrafa Adria Velázquez, con una manita de Chaikovski, Dumas padre, que adapta el cuento de Hoffman, y en la vida real, de James Kelly, Arianne Velázquez y Josué Rebollo.

“El Cascanueces” es un cuento de Navidad, donde los anfitriones y sus decenas de convidados de toda edad, celebran bailando, mientras un mago y su ayudante reparten obsequios, en especial uno para la hija Clara, un adminículo de madera para triturar nueces, infaltables en la época, en forma de soldado.

Los invitados bailan y se divierten hasta media noche. Clara regresa a la sala por su soldadito, cae dormida, y como en sueño van apareciendo personajes fantásticos: hadas, ratones, soldados que pelean hasta vencerlos, ángeles, merlitones, flores, dobles de Carmen, toreadores, una serpiente encantadora, cosacos, una madre Galleta y sus galletitas debajo del faldón, flores... todos en un vals sin fin por el castillo y la imaginación pura de la niña.

Ingenuidad, ingenio, clase, encanto, gozo en sus rostros que se refleja en la emoción del espectador (a diferencia de los otros 399, yo no tengo ningún hijo, sobrino o nieto en el show), y oportunidad única para reunir los esfuerzos de un año de los alumnos bailarines de ProVer. Aún mejor, niños como el que me tocó junto, en el asiento AA2, que en el intermedio silbeó unas notas de “Carmen”. Felicidades a sus mentores; buen futuro para la cultura y un adicto menos de bandas y mesasque aplauden. Espero.

Consignada por un zar en 1891, Piotr Illych la estrena al año siguiente. Uno de sus tres únicos ballets, con el que no queda muy a gusto, dicen las lenguas envidiosas; pero es un triunfo monumental universal, al grado que sus valses como el de los mirlitones y el de las flores, no acaban de desgastarlos entre todas las quinceañeras de Ciudad Neza en tantos años.

Lleno total, hasta el tope, en el reducido y tantito incómodo “Pedro Díaz”, que aplaudían más de orgullo paterno que a la habilidad, variable en grados de efectividad pero muy ponderable, de sus pequeños Baryshnikov y Plietseskaya (el rango de edad de los danzarines de Martha van de los 5 a los 18+-), en un muy loable montaje que, aunque adoleció de un par de tropiezos, literalmente, culpa de un mal funcionamiento de vestuario, o el piso antiderrapante con unas tiras de costado a costado que íbanse levantando, acrecentando mi temor por un accidente mayor que no sucedió (Chaikovski, respira).

Y algo sobre el maquillaje y peinados, o la ausencia de. El anfitrión, de ojos achinados, lucía como para Madame Tussaud con rostro de cera; y sus peinados normales cuando pudieron intentar homogeneizarlos, y no con la nada favorecedora peluca del invitado anciano .

Un acto inicial con vestuario muy dispar en look, probablemente aportado por abuelitas cordobesas, igual que algunos atuendos masculinos; pero el asunto se eleva con la veintena de hadas en blanco, y de ahí se va notando más el esfuerzo que prometía la escenografía apropiada y cambiante, con buenos trucos visuales.

En verdad y con todo el cinismo de que soy capaz, esta representación de la que esperaba algo promedio, no sólo me conmovió y emocionó, sino que acabó de convencerme del talento inagotable de los bailarines que existe en la región, y la labor férrea de los maestros de ProVer, que extraen niños con vocación de donde haya, los pulen, y como muchos que ya andan admirando a extranjeros, los instalan donde deben estar. ¡Bravo jóvenes artistas, bravo Martha y cía!.


II Talavera Serdán

Especial / Imágenes Cortesía de James Kelly