II Aldo A. Ancona R.

EL MUNDO DE ORIZABA


“Creo que el amor de nuestra familia lo tendremos siempre, y yo haría cualquier cosa por mis padres, mis hermanos y mis sobrinos que son lo más importante”, dice Manuel Méndez Chávez, originario de Ciudad Mendoza.

Hace casi cuatro años, Manuel le donó un “pedacito de su vida” a su hermana mayor Xóchitl, quien padecía de insuficiencia renal y necesitaba un transplante de riñón, por lo que era necesario hacer “todo lo posible”, ya que su familia ya había sufrido un duro golpe cuando su hermano mayor falleciera por el mismo mal.

“Ella ya tenía tiempo con la enfermedad, tenía días buenos y malos, sobre todo después de someterse a la hemodiálisis, que la dejaba muy cansada y todo esto que implica un tratamiento de ese tipo”.

Fue una decisión muy difícil, nos cuenta Manuel, ya le habían hecho los análisis para la donación del riñón a sus hijos y ninguno pudo hacerlo, por lo que él decidió someterse al proceso.

“Es mi hermana, es mi familia, y luego de investigar un poco sobre el proceso decidí hacerlo, obviamente tenía miedo, no es como que te van a cortar el pelo, te van a quitar un órgano, tenía que saber qué sucedería conmigo, cómo sería mi vida de ahora en adelante”.

Después de decidirlo, empezamos con otro proceso aún más largo, casi año y medio, que son los estudios, control de calidad del riñón y cada mes consulta y estudios, hasta que llegara el día para la cirugía.

¡Tengo miedo! fue lo que le dijo Manuel a Xóchitl antes de entrar al quirófano donde los someterían a una cirugía de 8 horas para poder transplantar el riñón que le permitiría a su hermana seguir viviendo por varios años más.

Ella me respondió, “no te preocupes, todo saldrá muy bien”, y así fue, ya han pasado casi 4 años desde que pasaron por ese momento y ambos se encuentran con muy buena salud, aunque con algunas restricciones.

Gracias a este acto de amor y de entrega de vida, que Manuel le obsequió a su hermana, actualmente la señora Xochitl Arcelia ha podido conocer a sus nietos, tiene 2 y dos están en camino, tenerlos en los brazos y disfrutar de su familia.

“El sacrificio valió la pena, la cicatriz quedó un poco grande, al principio si me afectó pero ahora la veo como una marca de guerra,que logré ganar, el ver a mi hermana disfrutar de su familia, de sus nietos, verla bien, es con lo que uno se queda, es la satisfacción más grande”, nos comentó Manuel.