El escritor Guillermo Sheridan narró, en la revista Letras Libres de diciembre de 2008, un caso lamentable de plagio. Dice así: “El 8 de noviembre en el diario Reforma la escritora Guadalupe Loaeza contó que una lectora se percató de que había plagiado un artículo de Sandra Russo del diario argentino Página 12. Escribió: ‘Es cierto, en esa ocasión abusé de la información de Sandra Russo, sin darle el crédito desde el inicio de la transcripción que hago de su artículo. Reconozco mi falta y le agradezco me la señale con el rigor y la seriedad que amerita el caso’. La escritora explicó que el plagio se había debido a que sufrió un ataque de diverticulitis. Agregó que ‘no ponerle comillas’ al texto de Russo fue ‘un error’ injustificable, explicó ‘el tamaño de mi arrepentimiento’ y concluyó: ‘Considero que bajo ninguna circunstancia se debe plagiar (del latín plagiarius). Por otro lado, he de decir que actualmente internet, la biblioteca más grande del mundo, es un inmenso acervo de información. Sin embargo, es indispensable aprender a discriminar […] Lo que sí es fundamental es citar al autor o autora original, de lo contrario podría considerarse como plagio (...)’”.

Efectivamente, copiar un texto, corto o largo, de un libro, de un documento, de una página de internet, de una revista o de un periódico, sin mencionar el autor, el libro, la fuente de donde fue tomado, es cometer un plagio. Esta palabra, de origen latino, se refería, según el diccionario de la RAE, al acto de ‘robar esclavos’, ‘comprar o vender como esclavos a personas libres’. Posteriormente pasó a significar cualquier acto deshonesto de apropiarse de palabras o ideas ajenas sin hacer referencia a su autor original. No es que las ideas sean una propiedad privada o que las de uno deban ser originales (¡imposible!), pero sí es propia la concepción que sobre algo se pueda tener y, sobre todo, cuando esa concepción se ha expresado por escrito o en forma de imágenes, de íconos, de composiciones musicales, etc.

Esta forma de deshonestidad, producto de la pereza mental y del cinismo, es muy común y se realiza en formas muy variadas. Por muy disfrazado que se dé, por ejemplo, diciendo con otras palabras lo que alguien expresó o cambiando solo algunas palabras o haciendo un colagge, un mosaico de «copia y pega», aunque se haga muy ingeniosamente, el plagio existe y quien lo practica corre el riesgo de sanciones a veces sumamente graves, aparte del descrédito social y moral que se merece.

Según un artículo del diario BBC Mundo, los países en donde más plagio existe en tesis académicas son Japón, Corea del Sur y China y, en el caso de América latina, “Un 12% de tesis analizadas provenientes de México, Brasil, Colombia y Perú contenían más de un 50% de contenido no original”. El informe se hizo por una empresa que produce un programa para detectar el fraude, analizando “casi 100 millones de trabajos de educación secundaria y superior provenientes de Norteamérica, Latinoamérica, Europa, Reino Unido, Oceanía, África, Oriente Medio y Asia Oriental” (http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-37159060).

En algunas escuelas se han incorporado programas para detección de plagio en los escritos escolares y este se sanciona, incluso, con la expulsión. Eso se hace cuando importa más la formación del alumno que el dinero de sus colegiaturas.

Pero esa forma de deshonestidad no se limita a los escritos de los escolares en las primarias, secundarias y bachilleratos y a las tesis universitarias (por ahí hubo un rector universitario que se tituló con una tesis plagiada de una biblioteca española), se da en abundancia en los trabajos que hacen algunos maestros para acreditar cursos y diplomados, en dibujantes y diseñadores que roban las imágenes, en profesionistas que imparten conferencias sustraídas de internet, etc., etc. Y ahora… los políticos. El diario BBC Mundo menciona los casos del exministro de Defensa alemán, Karl-Theodor zu Guttenberg, «quien perdió su grado de doctor en 2011 al descubrirse que plagió en su tesis. Poco después, en marzo del mismo año, el funcionario del gobierno de Ángela Merkel renunció. En 2012, el presidente de Hungría, Pál Schmitt, renunció al descubrirse que había plagiado su tesis de doctorado».

Por esto, que el presidente mexicano haya plagiado 197 párrafos de los 682 de su tesis de licenciado en Derecho (aunque haya sido chueca), no es nada raro, sino un vergonzoso caso más de una consuetudinaria práctica profesional y… nacional.

Hace años, cuando se editaron nuestros libros de etimologías griegas y latinas del español, un colega maestro expresó que “para hacer eso, cualquiera”. Poco después, él vendía las fotocopias de estos libros a sus alumnos en su escuela. Total, para hacer eso, cualquiera…

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Gino Raúl De Gasperín Gasperín


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