Es probable que por escasez de noticias -propio de estos días- la situación de crisis política en el Perú haya tenido una amplia cobertura de los medios de información.

El tema vale la pena, después de todo. En síntesis, el actual presidente Pedro Pablo Kuczynski acaba de salvar su destitución con los votos de ocho de los diputados peruanos quienes paradójicamente forman parte de un pequeño grupo legislativo liderado por Kenji Fukimori, hijo del expresidente Alberto Fujimori -condenado a 25 años de cárcel por corrupción y represión durante su gobierno- y a la vez hermano de Keiko Fujimori, excandidata presidencial por segunda vez, perdiendo por cierto contra el actual presidente Kuczynski quien ganó en la recta final azuzando ante el electorado peruano el antifujimorismo.

Pero vamos por partes. Pedro Pablo Kuczynski fue acusado por estar vinculado a casos de sobornos y corrupción de una empresa brasileña que ha sonado mucho últimamente también en México y Veracruz: Odebrecht.

El mandatario peruano que lleva en el cargo un poco más de un año tuvo que negociar con el hijo el indulto de su enfermo, preso y anciano padre para que sus ocho diputados votaron en contra de su destitución, mientras que a la hermana Keiko, no le importó que su padre pudiera salir de la cárcel con la promesa presidencial, sino simplemente buscaba destituir al actual jefe del Ejecutivo y cobrar la afrenta de su derrota electoral.

La vida en Perú ha estado polarizada en torno de la figura de El Chino (así le dicen los peruanos al expresidente Alberto Fujimori, aunque es de origen japonés) y su gobierno de 1990 al 2000 es el tema todavía más debatido; los fujimoristas le agradecen la derrota y extinción del grupo terrorista Sendero Luminoso y una sólida situación económica durante su mandato, pero los antifujimoristas lo acusan de represor, matar a opositores políticos, controlar la prensa a través de la corrupción y operar un gobierno autoritario bajo el mando de su segundo de abordo, un personaje siniestro llamado Vladimiro Montesinos.

En su novela “Cinco esquinas” (edit. Alfaguara, 2016), Mario Vargas Llosa aborda el tema del fujimorismo y su relación con el periodismo. Dice el Premio Nobel de Literatura: “Si hay un tema que permea, que impregna toda la historia, es el periodismo, el periodismo amarillo. La dictadura de Fujimori utilizó el periodismo de escándalo como un arma política para desprestigiar y aniquilar moralmente a todos sus adversarios. Al mismo tiempo, también está la otra cara, cómo el periodismo, que puede ser algo vil y sucio, puede convertirse de pronto en un instrumento de liberación, de defensa moral y cívica de una sociedad”.

Lo último de la situación peruana es que al indultar a El Chino, el actual presidente Pedro Pablo Kuczynski desató una grave crisis política en el Perú con renuncias, manifestaciones violentas en pro y en contra de la medida y socavó los pilares de la endeble democracia del país sudamericano.

Lo que me llama la atención también de este asunto es que pese a la fragilidad de las democracias centroamericanas y del Cono Sur del continente, han sido capaces de investigar, juzgar y destituir presidentes por actos ligados a la corrupción o de represión política.

En nuestro país, sobre todo en este sexenio, las acusaciones de corrupción que ligan al presidente y su familia con actos de corrupción -por omisión y/o acción- han estado presentes, sin embargo aquí al presidente de la República no se le toca ni con el pétalo de una rosa, y eso que decimos que somos un ejemplo de democracia para Latinoamérica.


Sorbos de café

Álvaro De Gasperín Sampieri


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