La aventura del joven Matthieu Lartigue Laborde empezaría más allá del Atlántico, en su natal Francia: país que algunos años atrás invadió dominaba México y a fines del siglo XIX se había convertido en uno de sus socios comerciales más importantes. La influencia francesa en México fue tal que incluso, la sociedad mexicana, en aquellos tiempos de Don Porfirio (y de la Canica) hablaba con un ligerísimo acento francés. Empero, los habitantes del país europeo veían a la Tierra del Anáhuac más bien como una rareza, como una de esas naciones extravagantes, que poseían una originalidad muy especial: en Europa leíase aún a Jean-Jacob Rousseau y su mito acerca del “Buen Salvaje”, y las agrestes tierras americanas estaban poblados de ellos.

Lartigue no lo creía así, y su joven espíritu trotamundos se lo decía cuando leía sus libros y revistas ilustradas con profusas litografías que hablaban de un sitio bárbaro. Para Matthieu, México era más bien un territorio virgen, un sitio inexplorado y que podía transformarse. Lartigue vivía en el pequeño poblado occitano de Saint-Paul-lès-Dax, en Landes, en la Vía Turonensis del Camino de Santiago, por lo que seguramente conoció a más de un peregrino mexicano que realizaba la Ruta Jacobea y que le narraba de las bondades de ese país lejano, extraño, virgen...

Matthieu Lartigue no tenía necesidad alguna a sus veintitrés años, allá por 1893. Era de familia acomodada e incluso algunos años atrás había trabajado en Burdeos. Fue allí, en la ciudad apodada “La Bella Durmiente”, el centro vitivinícola más importante de la Galia ─y cabe decir, del mundo entero─, donde Lartigue bebía una copa del esplendoroso y dulcísimo Château d‘Yquem cuando le comunicó a sus padres su intención de partir hacia tierras aztecas.

El viaje sería largo y cansado. Por barco. Llegó al Puerto de Veracruz y de allí tomaría un ferrocarril con rumbo a la Capital de la Nación para ubicarse entre su cosmopolita sociedad y buscar fortuna. A su paso por el extraordinario Valle de Orizaba, su florido paisaje, el rugir de sus ríos, el aroma a naranjos y cafetales y la limpidez de su cielo, lo sedujeron. Ya no continuaría con su viaje hasta la Ciudad de México y decidió probar fortuna aquí.

Insertóse en la sociedad pluviositana, pidió un préstamo y adquirió propiedad cercana a la vieja capilla de Nuestra Señora de los Dolores. Allí, fundaría la célebre vinatería. Escribió poco más tarde a su hermano Auguste, quien fuera su socio por muchísimos años. Pronto, la Vinatería Lartigue Hermanos y Sucesores, fundada en 1894, se convertiría en una de las más importantes referencias en los años por venir. Muchos años después de que cerrara y el edificio desapareciera, los orizabeños aún mencionaban: “allá, por la vinatería de los Lartigue”, o “frente a los Lartigue”.

La Vinatería localizábase en plena Calle Principal, entre las calles de Rincón Grande y Jalapilla; o, para utilizar nomenclaturas actuales: en la Oriente 6, entre la Sur 13 y la Sur 11. Allí se ubicaban las oficinas y la casa de Matthieu y Auguste.

Los principales colaboradores de Matthieu, originalmente, fueron los señores Pablo Etcheverry y otros franceses de la región de Landes que vendrían a instalarse a Orizaba con el correr del tiempo, entre ellos Monsieur Lataste, quien en 1914 regresó a su Patria Francesa para alistarse y combatir en la Gran Guerra. Más tarde, Matthieu y Auguste recibirían a sus primos Paul, Alfred y Paulette, quienes establecieron no muy lejos del emporio, la “Tonelería”. En los siguientes años, la vinatería cobró fama y resultó muy exitosa, llegando a tener una producción mensual de 5,000 litros de vino de pasas, mucho del cual se distribuía a lo largo y ancho de la República Mexicana.

Más allá de la producción, los méritos venían por la excelente calidad de vinos. Los Lartigue obtuvieron tres medallas en la Exposición de San Luis Missouri en 1904, así como un Gran Diploma y Primera Medalla en la Exposición de San Antonio, Texas, en 1905. No es necesario mencionar nuevamente que los vinos orizabeños, de hechura francesa, con técnicas aprendidas en Burdeos serían de una dimensión indiscutible, toda vez que la humedad del lugar hace impropio el cultivo de la uva y el añejamiento del buen vino. Por ello, el mérito es doble.

La Vinatería continuó, con sus altas y bajas ─como todo negocio, claro está─, hasta su cierre definitivo en 1955. Pero el recuerdo perenne de la existencia de la Vinatería Lartigue queda para la posteridad, y sus descendientes hoy ya forman parte del paisaje orizabeño...

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Tras de mis gafas


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