René Cesa Cantón

Jesucristo se hizo hombre y vino a nosotros para cambiar el mundo Por eso actúa con una inquebrantable firmeza de voluntad. Es un hombre de carácter que sabe lo que quiere y que está dispuesto a hacerlo sin vacilaciones. Jamás hay en él algo que indique duda o búsqueda de su comodidad.

Su modo de hablar sobre su misión y del sentido de su vida es muy preciso y no deja lugar a ambigüedades: "Yo no he venido a traer la paz, sino la guerra" (Mt 10, 34). "No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores" (9, 13). "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir" (20, 28) "Yo he venido a traer fuego a la tierra"

No existe, no ha existido en todos los siglos un ser humano tan poseído por su vocación, por su misión. Ya desde niño era consciente de esta llamada a la que tenía que responder: "?No saben que tengo que ocuparme de los asuntos de mi Padre?", le responde a su madre cuando sólo tenía 12 años y se había quedado en el Templo.

Y no faltan obstáculos en su camino. Las 3 tentaciones del desierto y su respuesta, son la victoria de Jesús sobre la posibilidad demoníaca, de apartarle de ese camino para el que precisamente ha venido. Más tarde, son sus propios amigos los que intentan alejarle de su misión; por eso llama "Satanás" a Pedro (Mt 16,22).

Se expone incluso, a perder a todos sus discípulos cuando estos sienten vértigo ante la predicación sobre la Eucaristía. Al ver irse a muchos, no retira nada de su mensaje; se limita a preguntar a sus discípulos: "?Uds. también quieren dejarme?" (Jn 6,67) Si se piensa que la meta de su misión es la muerte, una muerte terrible y conocida ya desde el comienzo de su vida, entonces se entiende la grandeza de ese caminar hacia ella. Jesús es el heroísmo hecho hombre. Y por eso, el mismo Jesús que es comprensivo y suave con los pecadores, es inflexible con los vacilantes, con los tibios. Lo vemos en el Evangelio de hoy. La misma actitud firme y decidida que Él exige de sí mismo, en el fondo, la exige también de sus discípulos y de todos los que quieren seguirle.

Él apóstol tiene que compartir la misión y la vida de Jesús con sus sacrificios. Él no puede perder su tiempo en la formación de hombres que no estén dispuestos a entregar todo por el Evangelio. Pide de los suyos un seguimiento radical.

Sus seguidores tienen que estar dispuestos a renunciar a su hogar cómodo, a su nido cálido y agradable. Con Él tienen que entrar en el total desamparo: "Los zorros tienen madriguera y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza".

También deben liberarse de su familia y de los compromisos familiares. Hasta deben romper los lazos familiares, si les hacen vacilar o impiden entregarse decidida y radicalmente a la misión de su maestro. Por eso, para seguirle no sirve ni el que se entretiene en despedirse de sus familiares, ni siquiera el que piensa primero en enterrar a su padre. (Es decir, te seguiré cuando muera mi padre) Porque, "el que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de los cielos".

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