La política, tragadero de hombres

“Me chingas o te chingo”


ESCALERAS:

El fin de semana iniciarán las precampañas del trío de precandidatos a la gubernatura. Cuitláhuac García, Miguel Ángel Yunes Márquez y Pepe Yunes Zorrilla (en orden alfabético). Cuidado, las campañas, dice el viejo del pueblo, es un carnaval. Pero también, un tragadero de gentes. Y por añadidura, oportunidad para ascender y descarrilar en la cancha política.

Pocos son quienes sobreviven. Como en la batalla más atroz, sórdida y siniestra, todos se intrigan entre sí. Habladurías, chismes, medias mentiras, medias verdades, trampas, alternan sin cesar.

Y más, mucho más, cuando son, como decía el poeta Jaime Torres Bodet, las mismas caras de siempre, las mismas mañas, las mismas personas aspirando una vez más a seguir trepados en la rueda de la fortuna.

En la línea de fuego, el político experto aprende a utilizar a los demás. Todos, menos el candidato, menos, quizá, la gente más cercana, cercana entre las cercanas, se desgastan. La vorágine política se los come.

Atrás de cada día se repite la vieja cantaleta de César “El tlacuache” Garizurieta. “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”.

Por eso, todos en la rebatinga de cada día para ganar el corazón y las neuronas y el hígado y el sexo, de ser posible, del candidato a la jefatura máxima de la revolución hecha gobierno.

“Me chingas o te chingo” es el lema. Y día y noche se reproduce implacable.


PASAMANOS:

En la pelea sin cuartel y sin tregua (“La tregua” de Mario Benedetti), todos sin excepción se intrigan.

Todos, de igual manera, disputando la cercanía del Príncipe, el candidato. Riñendo por ganarse la confianza de su gente cercana. Sus padres, por ejemplo. La esposa, quizá. La novia, la amada amante, el primer círculo del poder. Los hijos si son grandecitos.

En el sexenio de Rafael Hernández Ochoa, 1974/1980, un político, Armando Rodal, se ganó la diputación local porque permitía que sus hijos le montaran como si fuera un caballo y los paseaba en su casa, incluso, relinchando, de igual manera como en Puebla, otro político, Maximino Ávila

Camacho, hermano de Manuel, el presidente, en un viaje etílico se trepaba en la espalda de los amigos y aupeaba y los obligaba a trotar relinchando.

Una campaña electoral, cierto, sirve para construir una posibilidad laboral, pero al mismo tiempo, y más, mucho más, para destruir, incluso, las honras ganas.

Lo decía el chamán en el siglo pasado:

Si quieres saber el nombre de tu padre... métete de político que luego enseguida aparecerá.

Tal cual sucede cuando un político se filtra en las patas de los caballos intentando ganarse un espacio al lado del candidato... por si gana la elección, en el caso de Veracruz, de la gubernatura que alcanza para repartir para muchos y para todos.

Hay políticos que cargan las maletas del jefe y/o de los jefes. Otros, son bufones encargados de mantener el optimismo en el candidato. Otros son conseguidores, cuya tarea es acercar mujeres al primer círculo del poder. Y otros, claro, y dado el zoológico humano, son eunucos.

Las campañas alcanzan para todo.


CASCAJO:

Hay una línea de fuego que cada político ha de atravesar. Digamos, como Tarzán la jungla. O Napoleón, Waterloo. O los migrantes de América Central, el infierno llamado Veracruz.

El primer bloque está formado por el llamado círculo rojo del candidato. Los amigos más antiguos y los aliados más cercanos.

El segundo, por los grupos políticos con poder económico y social, pues ellos tienen capacidad de decisión para acercar o eliminar.

El tercero, por la elite del partido político correspondiente, incluso, el señor delegado del CEN.

El cuarto, por los delegados en cada región y en cada pueblo.

El quinto, por las elites políticas y los empresarios que suelen financiar la precampaña y la campaña.

El sexto, quizá, acaso, por las elites eclesiásticas que desde la homilía y el confesionario tienen facultad para encumbrar o empinar a un candidato.

El séptimo, por los líderes sindicales y campesinos con fuerza social y política y económica fuera de duda y de serie.

Y el octavo, y último, quizá por un magnate periodístico, y más, cuando es amigo personal, “a prueba de bomba” del candidato.

Y como todos los nominados saben y están conscientes que en la jornada electoral han de sumar, aunque sea necesario “tragar sapos”, suman, que ya luego, si ganan, será la peor ecuación trigonométrica de la vida, como es restar y restar y dividir, si es necesario.

Y es ahí donde una vez más la política se vuelve “un tragadero de hombres” que lo decía Juan Maldonado Pereda, cuatro veces diputado federal, una vez alcalde, y dos, tres veces subsecretario y secretario.


RODAPIÉ:

Hay políticos y aprendices de políticos, jóvenes que sueñan con la vida pública, que van a las campañas y robalean.

Y “robalear” significa nadar en aguas profundas, enfrentar las aguas más impetuosas y emerger a la superficie como “torero en tarde de luces”, y de ñapa, dando resultados al jefe.

Pero con todo, un riesgo. El riesgo de que el jefe tenga un jefe superior y uno y otro sean intrigantes, envidiosos y mal agradecidos y se queden con el mérito ante el candidato y nunca, jamás, otorguen el reconocimiento a los otros, a quienes, por cierto, algunos llaman con desdén “la perrada”... que de “la perrada” están construida la victoria en las urnas.

Y, entonces, el riesgo del tropezón es más grande para que el cocodrilo de la política se los trague, de igual manera como en el cuento de Antón Chéjov, donde un reptil se traga a un hombre y el hombre aquel descubre de pronto que viviendo en las entrañas del animal ha descubierto la felicidad y decide quedarse en el limbo, es decir, en la nada, y la nada es nada.

La campaña electoral se lo tragó por completo.


BARANDAL

LUIS VELÁZQUEZ


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