Una de las lecciones más importantes que he aprendido en la vida es que el éxito, como la felicidad, no se encuentra al final de un viaje o al lograr un objetivo, sino en la forma de viajar o perseguir una meta. Los destinos y las metas inevitablemente implican llegadas y finales.

Me gusta la idea de la vida como una interminable cadena de montañas, con picos y valles, subidas y bajadas, y siempre más cumbres enfrente para escalar. Escalamos cada Everest de nuestras vidas como Edmund Hillary hizo con el suyo, “porque estaba allí”, y también por la experiencia regocijante de poder probar nuestros conocimientos, habilidades y nuestro valor.

Cuando busco el significado profundo sobre porqué sigo haciendo cosas mirando hacia el futuro, me acuerdo de algo que se conoce como la “perspectiva de la catedral”. Las magníficas catedrales de Europa construidas hace siglos, cuyo diseño y construcción ocupó varias generaciones de personas, hubiera sido imposible construirlas como los actuales edificios de oficinas, en bloques y en poco tiempo. Lo mismo sucede con las grandes sociedades, empresas y familias. La vida no es algo que uno puede dar un paso atrás y admirarla cuando ha terminado. Es un proceso interminable de diseñar, crear fundamentos, levantarlos, fortalecerlos, hacer cambios y renovaciones. Nunca llegamos a terminarlos, nunca es algo perfecto. Es algo que siempre está en construcción.

La naturaleza permanente del proceso de la vida y nuestro breve encuentro mortal con ella requieren de una perspectiva de catedral. Nos exige tener una retrospectiva sobre todo lo que pasó antes, lo que es historia, con sus fracasos, éxitos, modas y tradiciones. También nos demanda tener previsión para imaginar un mundo mejor para todos en el futuro, con base en nuestros esfuerzos, errores y logros, como lecciones de liderazgo.

Esto nos exige vivir en el presente, sin extrañar el ayer ni desear el mañana sino enfrentando lo que nos presenta el día de hoy con firmeza, optimismo y flexibilidad.

La vida, como una catedral, no es para ser admirada por su apariencia externa y su majestuosidad, aunque estas sean atractivas y admirables. La vida, como una catedral, tiene un mayor significado debido a lo que ocurre dentro de su santidad. No te precipites a construir tus catedrales o conquistar tus imperios. Trata paciente y persistentemente de descubrirlas buscando en tu interior. Piensa que sólo allí, dentro de ti mismo, en lo más profundo de tu mente, puedes encontrar las razones y las explicaciones que necesitas para sentirte bien contigo mismo, en paz con todo el mundo, y para saber que tienes el valor y la fuerza para seguir compartiendo tu amor y solidaridad con los que te rodean.


Feliz año nuevo

Todas las filosofías, todas las enseñanzas religiosas, todas las tesis acerca de lo humano llevan a una misma conclusión: el fin último del hombre es la felicidad, y a esa felicidad se llega haciendo el bien. No creo que haya doctrina que se aparte de la tesis contenida en esa frase. En los primeros días del año nuevo, yo me bautizo y me confirmo en esa sencilla verdad, útil no sólo como propósito sino también para servir de programa íntegro en la vida. Trataré de ser feliz y de dar felicidad a los demás. Si tal hago haré el bien. ¿Puede hacerse cosa mejor sobre la tierra?

La edad deposita un sedimento en el vaso de la vida. En tal sedimento hay escritas palabras de elemental sabiduría: ni dinero ni fama ni mentirosos éxitos disfrazados de excelencia pueden llenar el corazón del hombre. La felicidad no deriva de los bienes sino del bien. Con esa sencilla verdad empezaré el año. Que me acompañe cada día y que los acompañe a ustedes, con los preciosos dones del amor y la paz.

Amigos lectores de este Diario, les deseo que tengan salud, bienestar y felicidad en el Año Nuevo.

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Mundo Empresarial

César Hernández Espejo


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