Jesús rezaba y frecuentemente sentía deseos de dejar por un momento a aquella muchedumbre necesitada, a aquellos discípulos duros de cabeza, para retirarse a un lugar apartado o a un monte, y allí se quedaba solo delante del Padre. Para sí mismo no tenía nada que pedir, ni pan, ni perdón, ni protección, ni favores. Pero en su presencia se llenaba de paz, escuchaba en lo más hondo de su alma la voluntad del Padre. La conciencia de su filialidad lo llenaba de fuerza y de alegría. Nuevamente tomaba conciencia plena de ser el Hijo muy amado a quien el Padre había llenado de sus dones. Se sentía de nuevo revestido de aquella paciencia infinita, de aquella misericordia incansable del Padre, de aquel amor dinámico y creador. Su oración se desbordaba en palabras de confianza y de cariño: "Padre, yo sé que tú siempre me escuchas. Padre, yo te bendigo. Te doy gracias. Padre, todo lo tuyo es mío..." Y cuando regresaba, radiante, renovado, los apóstoles se preguntaban: "?De dónde viene? ?Qué le ha pasado? ?Quién ha podido transformarlo de ese modo?" A alguno le contaba que había ido a rezar. Y entonces se decían: "?Ah, si supiéramos rezar así como Tú! ?Qué pena que nadie nos haya enseñado a rezar!" Y un día se atrevieron a pedirle: "Señor, enséñanos a orar". Y Jesús les enseñó esa oración tan hermosa que es el Padre Nuestro. Es una oración muy parecida a la de Jesús: Padre santificado sea tu nombre - venga a nosotros tu Reino - hágase tu voluntad. Pero, a la vez es una oración adaptada a las necesidades de los discípulos: Danos el pan de cada día – perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos - no nos dejes caer en la tentación, -y líbranos del maligno.

El Padre Nuestro, más que una oración para rezar, es una oración para meditar. ?No necesitó Jesús mismo una noche entera para pronunciar solamente un versículo del Padre Nuestro: "Que no se haga mi voluntad, sino la tuya"? Es una oración que iría transformando a los apóstoles, modelándolos por dentro, que los conduciría, a lo largo de su vida, a la misma entrega total que su Señor y Maestro.

Mediante esta oración, Jesús nos muestra el rostro verdadero del Padre: es tan bueno que resulta incluso un poco débil a los ojos de los superficiales; es tan cariñoso que no sabe negar nada; está tan entregado a nosotros que aparentemente hace uno con él todo lo que quiere.

En el Padre Nuestro, Jesús se pone a atacar nuestro escepticismo y nuestra desconfianza, a sacudir nuestra timidez y a afirmar con todas sus fuerzas que no hay ningún límite para la generosidad divina. Nuestros deseos se ven limitados únicamente por nuestro miedo; nuestras oraciones sólo tienen la frontera de nuestra inconstancia; nuestras realizaciones fracasan solamente por nuestra falta de fe. Jamás hay que buscar en Dios la razón de nuestras fallas. El único obstáculo para que se nos escuche no es la dificultad de disponer al Padre en nuestro favor, sino la dificultad de convencernos a nosotros mismos de que hemos de acudir a Él con fe. Sin embargo amigos, tengamos cuidado con los dones de Dios: son vivos, sorprendentes, activos, y peligrosos para nuestro egoísmo y para nuestra pereza. El don de Dios hace ser generosos. El perdón de Dios nos pide saber perdonar, El amor de Dios exige que nosotros amemos de verdad. Recemos hoy el Padre Nuestro con ese mismo espíritu, con el Espíritu de Dios, para que dé sus frutos en nosotros, para que sea fecundo en nuestra vida de cristianos.




Por: Rene Cesa Cantón

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