TRAS DE MIS GAFAS

HÉCTOR E. ORTEGA CASTILLO

Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu es fusilado, acusado de traición: un cargo imputado por el vengativo y rencoroso Congreso Nacional que lo exilió a Europa; ese mismo congreso que, siendo monarca en 1822 había ordenado disolver. Es capturado al desembarcar en Soto la Marina, Tamaulipas, ignorante de que sobre su cabeza pendía dicha sentencia y pasado por las armas en Padilla (donde el Congreso Tamaulipeco se hallaba reunido) el 19 de julio de 1824. No puede decirse que México volvióse regicida, pues el Emperador había abdicado un año antes... lo que sí, es que con la traición y asesinato postrero (14 de febrero de 1831) de Vicente Guerrero, el sino de la novísima nación mexicana se sella con la nefasta reputación de ser el único país del mundo donde sus libertadores son asesinados.

A partir de ese instante, comenzaría en Iturbide un proceso de descrédito en su memoria. ¡Él, quien en siete meses había pacificado al país, se había convertido en el jefe militar y en el político más querido y popular del territorio! ¡Él, que quiso fundar, y en buena medida lo consiguió, a su amantísima Patria Mexicana! La memoria de Iturbide es el ejemplo más palpable de lo que el oficialismo puede lograr con los protagonistas de nuestra historia. Desde hace tiempo, la historia mexicana es víctima de una visión maniquea en que suelen mostrarse dos polos opuestos: los buenos, depositarios de todas las virtudes, verdaderos hombres y mujeres de Pueblo, emergidos de la nada y que a base de sufrimientos, redímese y escala las más grandes alturas de nuestra historia broncínea... y los malos, los villanos, aquellos que merecen solo la mácula sempiterna, incapaces de redención, sin posibilidad de perdón, yacientes en el eternal olvido, como Iturbide...

Sería con el advenimiento de la República Federal (1824-1836) cuando empezaría un proceso de descrédito a la memoria de Iturbide. En medio de los discursos, arengas cívicas, opiniones periodísticas y actos conmemorativos de la Independencia donde se ignoraba de plano la figura del Libertador, la imagen de este se comienza a distorsionar. A excepción de los sectores conservadores, criollos, exrealistas, quienes ven al “Héroe de Iguala” como un dechado de virtudes, el resto de los políticos, en su mayoría exinsurgentes y republicanistas, lo defenestran. Una excepción en dicho periodo: un admirador y exsubordinado de Iturbide lo defiende: José María Tornel y Mendívil... orizabeño, por cierto.

Los siguientes años fueron más amables con Agustín de Iturbide. Débese a que se instaura la República Centralista (1836-1847) y después se extiende su redención durante los gobiernos santannistas de 1847 a 1854 y aún un poco más. El tres veces presidente de México, Anastasio Bustamante lo admiraba tanto que durante su gobierno, la imagen de Iturbide se exalta: en 1835 el Congreso decreta colocar el nombre del ex Emperador en su Salón de Sesiones y más tarde, levanta a su familia la prohibición de regresar a México. Por decreto de Bustamante, los restos de Iturbide, aún en Padilla, se trasladan a la Capilla de San Felipe de Jesús, en la Catedral Metropolitana, do aún yacen.

A partir de ese momento, México tendría una visión integradora. Entre 1821 y 1836 se debatía con denuedo la importancia de los movimientos independentistas, ubicándolos en dos bloques: los “Héroes de Dolores” (Hidalgo, Allende, Aldama, etc.) y los “Héroes de Iguala” (Guerrero e Iturbide). A partir de 1837 y hasta 1864, Iturbide es complementario a Hidalgo: el uno

es incomprensible sin el otro.

Y es Maximiliano, paradójicamente, quien sella el destino de la Memoria Histórica de Iturbide: primero, prefiriendo a Hidalgo por encima del otro, haciéndolo su héroe de cabecera y segundo, al arrogarse como continuador del Imperio Iturbidista. Cuando la República vence al Imperio de Maximiliano y expulsa a los franceses, la imagen de Iturbide ya no es reivindicada. El porfiriato no es más amable: no lo reivindica, pero tampoco lo denigra especialmente (Krauze dixit). A la postre, Agustín de Iturbide, inexplicablemente, no es considerado artífice de nuestra Independencia: se vuelve, a ojos vistas, una especie de error histórico.

Refiréndose a Iturbide, Simón Bolívar -contemporáneo suyo- describe, agoreramente, el destino de quien yace en el olvido: “Dios nos libre de su suerte (...) a pesar de que no nos libremos jamás de la misma ingratitud”.

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