Dice una leyenda anterior al Diluvio, que los cuatro hijos de Lamech, tres hombres y una mujer, fueron los fundadores de las ciencias del mundo antiguo: geometría, música, metalurgia y tejido y quienes, sabedores de que Dios castigaría a los pecados de los hombres por medio del fuego o del agua, escribieron sus conocimientos en dos pilares para que sobreviviesen a la ira divina: uno era de latón, para que no se hundiese en las aguas; el otro de mármol, para que no se quemase en el fuego.

La idea gira en que prevalezca el conocimiento para las generaciones posteriores. Asimismo, los inventores -sin quererlo-de la epigrafía, crearon esta técnica que ha sido útil para preservar la memoria histórica. La epigrafía es una ciencia auxiliar de la historia relacionada a su vez, con la arqueología, la paleografía, la numismática y la historia antigua; sin el desciframiento de las inscripciones en materiales duros como la piedra o el metal, mucho de nuestro pasado no podría haber sido revelado, o no podría revelarse en un futuro.

En la ciudad de Orizaba nos sobran muestras de ésta epigrafía, si bien moderna y no anterior a la Colonia. Multitud de placas metálicas, pétreas, o de cualquier otro material perdurable se hallan por doquier. Han servido de referencia para que el pluviositano conozca un poco de su historia.

Las hay en la Alameda, en el Palacio Municipal, en las iglesias, puentes y casonas históricas; en la estación del ferrocarril, en parques y jardines, en fuentes, monumentos y estatuas. Algunas señalan el sitio en donde nació, vivió o murió algún personaje (independientemente de la epigrafía funeraria que se encuentra en el cementerio municipal); otras destacan algún suceso histórico de cierta importancia; unas más recuerdan la fecha de inauguración de una obra.

En casi todas, ineludiblemente, aparece el nombre o los nombres del personaje que hizo la donación del monumento, que gestionó su fabricación o quien gobernaba la ciudad, el Estado o el país cuando esto ocurrió. Son tantísimas las placas que hállanse por doquier, que apenas bastaría un libro para mostrarlas.

Empero, hay una que ha sido foco de atención en fechas recientes y cuya polémica está en boga en estos días. La encontramos vergonzosa, inútil, insultante y oprobiosa: la placa que se encuentra al interior del Teatro Llave y que destaca el nombre del exgobernador Javier Duarte de Ochoa.

La ocasión en que se empalmó dicha placa es bastante entendible y hasta necesaria, dada la magnitud histórica del momento: con motivo del sesquicentenario luctuoso de Ignacio de la Llave (23 de junio de 2013), celebróse en el teatro que lleva su nombre, una sesión solemne del Congreso Estatal, con la presencia de miembros del Tribunal Superior de Justicia del Estado, el Presidente Municipal de Orizaba y tanto el Gobernador en turno como miembros de su gabinete. No hay nada de extraordinario en ello: se trata de una fecha que seguramente pasará a los anales de la historia política de Orizaba. Por ese día, nuestra ciudad fue capital del Estado, primera vez en el siglo XXI. Es un suceso histórico (ni bueno, ni malo, solo digamos que resalta el hecho de que haya ocurrido).

El problema es que por encima del suceso y su importancia política e histórica para Orizaba, destaca el nombre de Javier Duarte. No sólo eso: lo magnifica. A golpe de vista, lo primero que nos llega es ese nombre, el del ex gobernante que todos quisiéramos olvidar.

Sabido es que los políticos aprovechan cualquier instante para hacerse notar. Es válido: quieren dejar su impronta en el mundo, su huella indeleble; ser recordados por algo que hicieron, algún puente, carretera, calle pavimentada, una estatua de algún prócer. Así se entendió durante décadas, desde el siglo XIX republicano y así lo hemos aceptado. Pero la polémica estriba en que el protagonista ha caído de nuestra gracia, se ha vuelto (al menos en la sentencia social) un mefítico, un bellaco, un truhan de lo peor. Eso nos duele y nos zahiere.

La solución no estriba tan solo en retirar la placa y hacer como si nada pasó. Al contrario: debe modificarse. No hay que dejar de resaltar, porque la historia del Teatro Llave así lo requiere, que fue escenario de una Sesión Solemne del Congreso Local en el marco de los 150 años de la muerte de Ignacio de la Llave. Es parte de la historia y la historia no la podemos borrar. Aprovéchese la ocasión, eso sí, para destacar otros momentos importantes en que el Gran Teatro pluviositano ha dejado huella, a 142 años de su edificación, y no solo como mausoleo de la cultura, sino también como protagonista de la vida social y política de Orizaba.



Héctor E. Ortega Castillo

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