El Reino Unido de la Gran Bretaña a través de su historia, ha tenido grandes personajes dirigiendo sus destinos; estadistas con amplia visión de la talla de Winston Churchill, han sido pocos o acaso, ninguno.

Difícilmente alguien podría superar a Sir Winston Churchill como un Primer Ministro visionario: mientras Hitler se hacía de Europa Central, él fue el único que en solitario advertía acerca de los riesgos para el continente del rearme de Alemania. Con su atinada visión, señalaba la imperiosa necesidad de detener al político alemán. Nadie lo escuchó y las consecuencias ya son por todos sabidas. El desastre de las políticas diplomáticas de Neville Chamberlain y la falta de decisión de potencias como Francia, llevarían al Führer a crecer política y armamentísticamente. Cuando Alemania invade Polonia, tras una tibia advertencia de Inglaterra y Francia -aliados del país invadido- llevó a estos dos últimos a declararle la guerra al invasor. Con esta excusa, a la postre, Hitler invadiría la Galia y comenzaría un asedio aéreo sobre la Gran Bretaña. Afortunadamente para los británicos, su geografía los ayudaría a que Alemania -poderosa en tropas de guerra y aviación, pero débil en su marina, en lo que los británicos eran y son sobrados expertos- no pudiese invadirlos, siendo difícil un desembarco en una isla rodeada de riscos y sin una cabeza de playa suficientemente óptima para el ataque.

En mayo de 1940 Churchill es nombrado Primer Ministro: prometió “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” y así fue. En los siguientes años, ya al frente del Imperio, Churchill dedicóse a promover la defensa de Europa, la expulsión de Alemania de los territorios ocupados y el derrocamiento de Hitler. Nuevamente lo hizo en solitario: Stalin era aliado de Alemania (hasta que Hitler mismo rompió el Pacto de Acero e invadió la Unión Soviética en 1941) y Roosevelt le daba largas a Sir Winston, y así lo hizo hasta que los japoneses atacaron Pearl Harbor, arrastrando a los Estados Unidos a la guerra. Al enterarse, Churchill exclamó: “Estando saturado y saciado, con emoción y sensación; fui a la cama y dormí el sueño de los seguros y agradecidos”. Al final, los aliados vencieron. Churchill tenía razón.

Con su gran visión de estadista, Churchill supo siempre lo que habría de hacerse, en qué momento y hasta los sacrificios que implicaba. Supo desde el inicio que de las cenizas de la Guerra Mundial surgirían Estados Unidos y la URSS como las nuevas superpotencias. Supo que al aceptar a la URSS como aliado temporal, su área de influencia en Europa crecería y que su país vería restringida su área de influencia. Churchill conocía, tanto como Primer Ministro como en su papel de Primer Lord del Almirantazgo, las carencias armamentísticas de su país y que al finalizar el conflicto bélico, Gran Bretaña ya no sería lo mismo: perdería su papel preponderante como dueña y señora de los mares… pero todo estaba bien, porque el rol del Imperio Británico seguiría siendo importante en el mundo. Gracias a Churchill, los británicos perdieron supremacía en el planeta, pero su estoicidad coadyuvó a que, a la postre, las democracias se alzaran por encima de los movimientos fascistas y de la ultraderecha que ensombrecían a Europa y al mundo entero.

Lejos de ese gigante se encuentra David Cameron. Político simplón y estulto, quien en pos de continuar ocupando el cargo de Primer Ministro en 2015, renegociaría la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea sometiéndola a referéndum. Con su escasa visión y basado en encuestas, supuso que el grueso de la población votaría por el “Sí”, cuando la realidad fue muy distinta. La oposición a la permanencia del RU en la Unión Europea respaldó a Cameron a cambio, precisamente, del referéndum. En países como la Gran Bretaña, con un antiguo sistema democrático que descansa en el Parlamento, llevar a cabo un referéndum ha sido un suicidio. Nosotros, desde nuestra trinchera pseudo-democrática, en que sostenemos que todo habitante de México tiene derecho a expresar su opinión por más absurda y necia que resulte, nos parece todo un gran ejercicio democrático digno de una civilización adelantada. Pero para que haya democracia es menester contar con un pueblo lo suficientemente educado para que pueda tomar decisiones coherentes. Al RU le falló monumentalmente, pues la inmensa mayoría de quienes votaron por el #Brexit fue gente sin educación ni conocimientos económicos, quienes se dejaron llevar por el canto populista de las sirenas. De paso, pone en entredicho a la Democracia como el mejor sistema político.

Lo que ocurra en la isla de aquí a dos años podría reescribir la historia de Europa y quizás hasta sea una lección que deberíamos aprender de este lado del Atlántico respecto a las políticas populistas y aislacionistas; entonces, los mexicanos podríamos recordar las palabras del inmortal Churchill, que se aplicarían en nosotros: “Nunca tan pocos -los que votaron a favor del Brexit- hicieron tanto por tantos -los mexicanos-”.


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Tras de mis gafas