Junto con la conocida pose mesiánica y “purificadora” del dirigente del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), Andrés Manuel López Obrador, hay que destacar su enorme intolerancia, propia de la cultura priista más anacrónica y no de una izquierda que se asuma progresista.

Es esa misma actitud digna del autoritarismo de los 70, en la que cualquier asomo de crítica, por mesurada o no que llegase a ser, es atacada de forma feroz por la mayoría de los seguidores de López Obrador, quienes como las falanges franquistas o los camisas negras del fascismo italiano, se lanzan a vapulear, todavía sólo verbalmente, a quien ose no estar de acuerdo con sus ideas o sus prácticas.

También al estilo del más viejo y autoritario PRI, en las redes sociales las hordas de trolls al servicio del lopezobradorismo se dedican a atacar generalmente con las peores infamias y calumnias a los críticos de su patrón, en acciones que denotan organización y plena intencionalidad, más allá de otras reacciones de los simples seguidores fanatizados -que cabe reconocerlo, no son todos los militantes de Morena- a quienes le da flojera el pensamiento crítico y sacan a relucir sus traumas a través del insulto a quien no comparte sus puntos de vista.

Y no se trata de conductas que López Obrador condene. Al contrario, las alienta al usarlas él mismo para descalificar no solamente a quien señala sus yerros, sino a quien comete la osadía de simplemente preguntarle por los mismos.

Este miércoles dio una prueba fehaciente de ello cuando en el aeropuerto de Veracruz, el hombre que en este momento encabeza las encuestas para llegar a la Presidencia de México sacó a flote su falta de argumentos para justificar la entrada a Morena de personajes impresentables como el ex panista Rafael Acosta Croda, sobre quien pesan acusaciones por acoso de mujeres, que se alió con el duartismo en las dos últimas elecciones en la entidad, y que también se caracteriza por reaccionar violentamente cuando se le cuestiona.

Molesto por la insistencia de los reporteros ante lo que a todas luces es un acto de incongruencia en un partido que dice estar en contra de la corrupción y la deshonestidad, López Obrador farfulló: “lo que yo estoy viendo es que (Miguel Ángel) Yunes maicea aquí a los medios de información, reparte maíz con gorgojo”.

Para el dirigente nacional de Morena no existe la posibilidad de que exista la crítica informada entre los periodistas. Si un reportero lo cuestiona o le hace ver sus deficiencias políticas, en automático, en su lógica maniquea, significa que recibe sobornos de sus “enemigos”. Aunque a esos mismos adversarios ese mismo reportero les procure el mismo tratamiento a través de su trabajo. Y como focas rabiosas, sus trolls salen a replicar las diatribas, echándole inmundicia de su cosecha. Cortesía con el sello de la casa.

Es verdad que la intolerancia del lopezobradorismo y su proclividad a la descalificación fácil no son nuevas. Sin embargo, ante la posibilidad real de que ahora sí logre llegar a la Presidencia de México -y para lo cual ya se ha aliado con varios ínclitos miembros de lo que él mismo llama la “mafia del poder”-, el riesgo que este tipo de conductas entraña para la libertad de expresión es altísimo. Y dejarlo pasar, ya sea por afinidad ideológica o por simple conveniencia política, es irresponsable e inviable en una sociedad democrática.

Quienes lo toleran, o peor aún, hasta lo justifican, que después no se quejen de tener un dictadorzuelo gobernando al país.


Rúbrica

AURELIO CONTRERAS MORENO

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