La clase media en México siempre ha sido un mito. Desde el estudio publicado en la década de los años setenta, por el sociólogo Gabriel Careaga titulado: “Mitos y fantasías de la clase media en México” (J. Mortiz; 1978), pocos han sido los estudios que pudieran dar luz en este aspecto social.

Las clases medias, han sido durante mucho tiempo gran ambición de los gobiernos capitalistas, dado que en ellas el consumismo se vuelve voraz.

El capitalismo contemporáneo, conocido cómo neoliberalismo se ha vuelto el mayor enemigo de las clases medias en todo el mundo.

Lo que pudo ser una ambición del sistema económico más poderoso del mundo en materia de explotación del trabajo humano, es decir producir una clase media creciente y con capacidad de consumo abusiva, ahora se revierte a tal grado que la disminución de estas capas de la población están en la ruina, las deudas y el pago de rentas.

No es que la gente trabaje menos, no eso no es, las personas continúan trabajando incluso hasta más a lo largo de su vida, lo que sucede, es que el modelo de explotación capitalista mexicano, exige, para su subsistencia mayor concentración de los capitales en unos cuantos consorcios financieros y mercantiles, que hacen que la riqueza producida no se reparta de forma (más/menos) igualitaria. Los salarios y sueldos van a la baja, dada las inflaciones, estanflaciones y devaluaciones.

Las clases medias en el mundo capitalista tienden a desaparecer, asimilándose en mucho a los segmentos de trabajadores, empleados y obreros, y en algunos países del tercero, cuarto y quinto mundo al proletariado formado por pobres y miserables.

En México los extremos son radicales. Unos cuantos grupos económicos dominados por familias, digamos unas 80, diseminadas por el país, concentran el 86.7% de la riqueza nacional (Esquivel; 2015).

Al respecto la bibliografía destaca textos de Julio Volbinick, Rolando Cordera, Enrique Cárdenas (ex rector de la UDLAP), libros que nos explican porque la desigualdad en México es tan terrible. En su libro: “El Capital en el siglo XXI”, el economista francés Tomas Piketty (FCE; 2014), refiere desde la perspectiva de la herencia y el trabajo ésta injusta disyuntiva.

La conclusión es radical: “el centro de la desigualdad es que la riqueza no se redistribuye, ello produce pobreza y miseria extrema”. Es lo que está acabando, en mucho, con las clases medias mexicanas.

Estas clases medias, que se sentían de abolengo, ahora se debaten en deudas bancarias, hipotecas y créditos de difícil pago. “El siglo XXI es el siglo de la extinción de las clases medias mexicanas” (Meyer; 2015). “Es el siglo de las inconformidades de todo tipo” (Aguayo; 2012).

Ahora hay más gente educada, culta y especializada, pero la riqueza no se redistribuye (vía buenos salarios, prestaciones, apoyos sociales, mejores empleos), al ritmo que se requiere. Los empleos escasean para personas con estudios más allá de bachilleres.

La estructura económica mexicana está diseñada para pagar trabajos de salario mínimo.

Por ello la decepción de los jóvenes universitarios, con grados de educación superior. El diseño del modelo educativo no es sólo culpable de este tema, lo es la concentración de la riqueza.

Lo observamos en la región Córdoba – Orizaba, nuestra UV (por las razones que sean), no es capaz de sostener, por ejemplo, un Centro Regional de Investigación Multidisciplinaria (CRIM), que explicara de forma crítica nuestra cotidianidad regional y produjera investigaciones de alcance nacional.

Por: Jesús Víctor García Reyes

*Politólogo (UNAM). Catedrático. Investigador Universitario.

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