“El Hijo muerto y vuelto a la vida”

El Hijo pródigo, cuanto más se aleja del Padre, más se sumerge en una degradación sin fondo: este es el drama del hijo menor en la parábola que hoy nos presenta el Evangelio. Luego de haber recibido la parte del patrimonio que le corresponde, el hijo emigra hacia una región lejana, donde despilfarra su patrimonio y vive de manera disoluta. Si en aquella región hay una piara de puercos, quiere decir que se encuentra fuera de tierra santa (El pueblo hebreo ni cría ni come cerdos, pues son considerados animales impuros.). Entonces, apacentar puercos es, para el hijo menor, el más bajo nivel de humillación, al grado que no le dan ni las algarrobas de los puercos. Cuando san Agustín de Hipona relee su propia vida, antes de la conversión, se le viene a la mente la conversión del hijo menor: “Me dispersé lejos de Ti y erré, mi Dios, en tiempo de la adolescencia, por caminos muy lejanos de tu estabilidad. Allí llegué a convertirme yo mismo, en un país de miseria” (Confesiones 2,10. 18).

Para este joven, ese vivir “lejos”, deseado y querido a toda costa, se revela una trágica elección, en la cual él pierde toda su dignidad. Buscaba su propia autonomía lejos del padre y cortando toda relación con su casa, pero se encuentra con el trabajo de cuidar cerdos. El país lejano pierde todo su atractivo y muestra una doble característica: no es motivo de enriquecimiento, sino que lo hace gastar todo, se vacía incluso interiormente. El hijo menor se encuentra ante una situación sin futuro ni esperanza. No obstante le traerá un nuevo descubrimiento: el modo con el cual será recibido por su padre. A su regreso, la actitud del padre provocará una inesperada reacción en el hijo mayor. Esta trama de pecado y misericordia, de culpa y de perdón, nos lleva de sorpresa en sorpresa.

Aquí cabe preguntarse: ¿Qué es el pecado? La parábola de Lucas sugiere la imagen de la separación del Padre. Pecado es todo aquello que nos aleja de Él y de los hermanos, algo que vacía nuestro corazón. Pecado es todo aquello que no nos deja llevar una vida plena. Pecado es todo aquello que nos impide reconocer la casa del Padre como nuestra casa, haciéndonos olvidar que somos hermanos, Pecado es todo aquello que degrada nuestra relación filial y nuestra relación fraterna.

El monólogo del hijo menor comienza con una constatación: en la casa de mi padre los trabajadores tienen pan en abundancia, en cambio “yo me estoy muriendo de hambre”. Es el hambre, no el remordimiento por haber entristecido a su padre, lo que le estimula a regresar a su casa. Es el instinto de sobrevivencia lo que le hace recordar su casa de origen, Es el deseo de una buena comida el que dicta sus palabras: “Me levantaré e iré a mi padre”. Se trata de un cálculo de interés, más que de un sentimiento sincero de amor.

En cambio el Padre: “Cuando todavía estaba lejos, lo vio y se conmovió profundamente; fue a su encuentro, lo abrazó y lo besó”. Al padre lo único que le interesa es que su hijo ha regresado.

Este amor profundo, auténtico y generoso le hace descubrir al hijo menor que en el corazón de su padre él siempre tuvo un lugar y que nunca ha dejado de ser su hijo. Al hijo calculador se le revela un rostro de su padre que nunca imaginó, y que sólo a su regreso a casa descubre. Un padre no ingenuo, no un juez severo, sino alguien que ama sin cálculos y sin medida. Amigos, ese es el corazón de nuestro Padre Dios revelado en Cristo.


René Cesa Cantón


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