Ciertamente no es porque la educación nos hace crecer más económicamente. México vivió su milagro económico en las décadas en que el promedio de escolaridad era de 2.4 años (los cincuenta) o de 2.6 (los sesenta). Es decir, la población de 15 años o más tenía una escolaridad de dos y medio años de primaria. Hoy en día la escolaridad promedio es de alrededor de 9 años.

Tampoco es porque la educación nos hace menos corruptos. México se distingue como una de las naciones más corruptas del mundo al colocarse en la posición 123 de 176 países del Índice de Percepción de la Corrupción 2016 de Transparencia Internacional. No solo estamos muy abajo, sino que nos caímos abruptamente de la posición 95 (entre 167 países) en 2015.

Tampoco la educación reduce la criminalidad. Nunca habíamos ido tantos mexicanos a la escuela y a la universidad, en números absolutos y relativos, y nunca ha habido tanta muerte e inseguridad. Además, se requiere mucha educación escolar para organizar la criminalidad y para sintetizar y comerciar las drogas, lavar dinero e infiltrarse en los cuerpos estatales de seguridad. Para regar sobre mojado, muchos de los casos de alta corrupción son cometidos por gente con mucha educación escolar.

Desafortunadamente la educación tampoco es la panacea para superar la pobreza. Seguimos con niveles nacionales de pobreza por encima del 43%. A pesar de que el CONEVAL reporta una mejora de 3.5% en los porcentajes de pobreza entre 2010 y 2016, los estados más pobres, Chiapas o Oaxaca, tienen los mismos o mayores niveles de pobreza en 2016 que en 2010 (más del 70%), mientras que los estados con menores niveles de pobreza, como Nuevo León y Baja California Sur, ahora tienen menos pobreza (14% y 22%). En balance, sin embargo, no solo seguimos pobres, sino más segregados.

Tampoco la educación nos hace más y mejores amantes de la naturaleza porque la contaminación del agua, del aire, de las calles y del ruido, están tan presentes en nuestra vida diaria, que ya es parte de la cotidianidad. Es decir, vivir en un ambiente sucio y ruidoso es parte de la cultura.

Entonces, si la educación no nos hace más ricos, menos criminales, menos corruptos, menos pobres, más iguales y menos contaminadores, para qué sirve.

Sirve para que los políticos alimenten la retórica de más educación para que los niños y jóvenes sean más competentes y exitosos en un mundo difícil y global. Esta posición es adoptada por muchas escuelas que pregonan ser las mejores preparando a los mejores niños. Cada vez que un político o un director de escuela presume a los mejores estudiantes, implícitamente señala al resto de los niños y jóvenes como perdedores. Esto es una paradoja pedagógica.

Entonces, ¿por qué educar? La educación nos da la oportunidad de ser mejores. No los mejores pero mejores. Es decir, la mejor pedagogía es la que nos enseña a crecer y no necesariamente a ganar. Es la diferencia entre ser el mejor y ser mejor. Para eso se requieren tres cosas: esfuerzo, logro y pedagogía. Lograr no es lo mismo que ganar. Esfuerzo no es suficiente si no hay progreso. El maestro del siglo XXI, en el hogar y la escuela, sabe entonces que la educación es el camino de la vida humana; donde la exploración y el descubrimiento son esenciales para el crecimiento.

Para presumir un sistema así necesitamos quitarle la educación de los niños al Estado y regresarla a los niños. El Estado debe facilitar el camino, pero no decidirlo. ¿Cómo? Mediante la “desestandarización” de la educación. Es preciso deshacerse de la idea de que el Estado -es decir algunos políticos- decida lo que “es mejor para los niños” y el país.

No es pedagógico ordenar la educación en función de los intereses del Estado y sus gobiernos. Por ejemplo, el mundo y México necesitan botanistas tanto globales para que salven a los bosques con la cooperación y el trabajo en equipo, como locales, para que como el fraile Johann Mendel, precursor de la ciencia genética, trabajen en su humilde habitación y su jardín con los chícharos.


EDUARDO ANDERE M.

El autor es investigador visitante de la Universidad de Nueva York.


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Hoy le escribo desde el que se ha convertido en uno de mis sitios favoritos para tomar café; el aroma a grano colombiano últimamente facilita mi concentración y al mismo tiempo los grandes ventanales de este lugar me ayudan a observar con el detalle de un apasionado del entorno económico y financiero mi propia realidad. Mientras escribo estas líneas bebo un sorbo de mi café al tiempo que mis pensamientos se contraen pensando en reflexiones como ¿Se mantendrá la inflación en niveles superiores a 6%? ¿Será inevitable un alza en las tasas de interés? ¿Cuándo piensa el presidente nombrar a un sucesor de Carstens en Banco de México? Y mientras más profundizo en mis pensamientos más me alejo de la realidad.

De pronto, gracias a un claxon que se escucha fuertemente despierto de mi letargo financiero (que a decir de mis amigos: a nadie le importa) y abro los ojos dentro de mis ojos abiertos para detenerme a mirar con mayor precisión el entorno para el cual trabajo. Soy un analista económico que trabaja para que los ciudadanos, pero sobre todo los jóvenes puedan entender el complejo entorno que la economía les ofrece, entorno que se vuelve tan complicado entender que termina por desencantar a cualquiera haciéndolo creer la falacia de que “la economía no es importante” cuando en realidad es una herramienta fundamental para tomar decisiones de vida, para ser feliz pues.

Vuelvo a tomar un sorbo de café y oculto mi rostro en la tapa del vaso para poder mirar con detenimiento lo que pasa a mi alrededor como si mi concentración me permitiera escapar hasta de mí mismo... en la mesa de junto una pareja de jóvenes discute, se alejan y se miran con enojo, la distancia dura cinco segundos y luego en la besa apasionadamente mientras la sujeta del cabello, yo sonrío y pienso que hay mucha intensidad en el ambiente, me sorprendo del intrincado presente en el que seguramente viven. En otro extremo del lugar dos amigas ríen sobre anécdotas que la fracasosa combinación “trabajo-pareja” les deja, alcanzo a escuchar un poco de la conversación; cierto estoy que ríen de su desgracia porque después de reír se entristecen y mientan madres como retando al destino que las arroja a la realidad de un trabajo que no les gusta o una relación sentimental que no les hace feliz. En otro punto del lugar un individuo con su computadora apura a su teclado mientras hace algunas llamadas telefónicas; su rostro descompuesto me dice que está concluyendo alguna labor y que en el fondo le gusta trabajar pues en un excelente sustituto de vida. Ahora me pregunto: ¿Qué tiene en común estos personajes? Todos son jóvenes, todos tienen problemas, todos tienen insatisfacciones, ninguno se ve pleno, algo les preocupa a todos.

Bebo un sorbo más y observo a través de los ventanales las aceras y las calles, personas esperando la parada y claro ¡En su mayoría jóvenes! Parejas de jóvenes, jóvenes caminando solos, jóvenes viviendo rápidamente. Por un lado, me siento emocionado pues es el mercado al que mis actividades se dirigen, es el mercado al que mi compromiso se enfoca, pero por otro lado reflexiono y por un momento casi siento levantarme de mi asiento ¿Qué estamos haciendo por los jóvenes? ¿No los estaremos dejando solos? El gran pretexto de que “todos tenemos que enfrentarnos al mundo en algún momento” puede ser un gran descuido, un descuido universal ¿Por qué digo esto? Yo sé y tengo claro que los jóvenes tienen hoy acceso a una gigantesca oferta de posibilidades para vivir, no soy ciego, me dedico a la docencia y trabajo con jóvenes todos los días intentando construir en ellos conciencia financiera pero esta tarde me ha inquietado saber si ellos ¿Están solos o estamos acompañándolos? Si, me refiero a sus hijos, a los míos, a los de todos. A los chicos que trabajan, a los que estudian, a los que están aquí en este sitio y a los millones que no vemos que día con día se enfrentan al mundo que les heredamos pero que les heredamos podrido.

Los jóvenes de hoy día luchan contra monstruos que los más viejos ni imaginaron, luchan por entender y controlar la tecnología, aunque la mayoría de las veces ella los termine controlando, luchan por entender el español y adoptan del lenguaje lo que mejor les convence para comunicarse, aunque a veces no terminen comunicando nada, pero es evidente que luchan. Los jóvenes hoy viven delante de riesgos que otras generaciones no vivieron, el acceso al portafolio de alternativas como alcohol sin límite, drogas duras, conductas violentas, delincuencia organizada, tráfico y comercio sexual, uso indiscriminado de la libertad y muchos más los hacen unos verdaderos luchadores. ¿Sabe cuál es el problema? Que no lo saben, que nadie se los dice. Ser joven hoy es un verdadero reto. Se lo digo desde dentro del mercado: Usted y yo no sabríamos como ser joven en esta época.

No soy suficientemente viejo como para ser considerado un referente ni tampoco soy suficientemente joven como para sentirme parte del “show” pero mi posición intermedia me obliga a ser un enlace entre lo que usted “cree” que está pasando y lo que en realidad está ocurriendo con los jóvenes. Confío plenamente en la generación que está creciendo, puedo ver su mirada vivaz cuando se les transmite algo con sentido y con utilidad, ellos lo toman, lo multiplican y lo convierten en riqueza intelectual sin embargo y tristemente son los menos. En las calles están millones de almas jóvenes que necesitan acompañamiento social y que sin darnos cuenta parecen ser la apuesta de políticos de cara al 2018 y los años venideros para detentar el poder. A veces pareciera que la cúpula política nacional está interesada en mantener a los muchachos sumergidos en los riesgos que la actualidad les ofrece mientras unos cuantos nos dedicamos a tratar de contribuir a su formación. Por eso hoy le quiero proponer algo... las personas que nos dedicamos a formar jóvenes no podemos solos; si usted tiene hijos, sobrinos o jóvenes a su cargo, acompáñelos, no los deje solos (intelectualmente). Hasta los más brillantes corren riesgos en este complicado y complejo mundo globalizado. Le ofrezco en pago la posibilidad de traducir el escenario económico para ellos a fin de que juntos podamos encontrar soluciones que les permitan tener un mejor futuro, mayor certeza financiera y oportunidades construidas desde valores sólidos. Pregúntese ¿De qué sirve que la tierra sea fértil si la semilla está echada a perder? Piénselo, podemos perderlos.


LUIS PÉREZ LEZAMA

El autor es director de análisis y docencia económica en SAVER Laboratorio de ideas. Es analista económico, conferencista y “blogger” financiero.

Twitter: @SAVERThinkLab

‘EL DINERO NO EXISTE’


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Ahora que habrá en la región centro de Veracruz, gobiernos municipales de izquierda se hace necesario que estos se mantengan vinculados con las necesidades del pueblo. Una de esas necesidades es contar con velatorios municipales de bajo costo al alcance de los más humildes. Los costos en Orizaba y región por estos servicios son altos, debiendo los deudos desembolsar dinero en efectivo que la mayoría de las veces no se tiene.

Pensando en ello y en su compromiso de cercanía con los ciudadanos, los gobiernos municipales de Río Blanco, Rafael Delgado, Huiloapan, Xalapa, bien pueden iniciar un programa funerario que incluya, capillas de velación, ataúd, carroza, crematorios, todos de muy bajo costo, en apoyo a los trabajadores, necesitados y personas que así lo requieran.

El enfoque social de estos gobiernos, bien puede aterrizar proyectos en beneficio de la comunidad de sus municipios. Aquí mismo en Orizaba, a partir del primero de Enero de 2018, el cabildo tendrá presencia política de tres regidores de oposición de izquierda, dos de Morena y uno del PT.

Será el momento para que dentro de sus agendas, registren este importante proyecto de beneficio social. La izquierda en el mundo siempre se ha caracterizado por su cercanía real con los vecinos, colonos y trabajadores de bajos salarios. Por ello mismo, aquí en la región y también en la capital Xalapa, se puede iniciar las necesarias funerarias municipales e instalarlas en cementerios o casonas propias para ello. Donde un servicio completo solo recupere el costo de lo ofrecido.

Así por ejemplo, un servicio de velación en sala funeraria, ataúd, traslado, tenga un valor mínimo, digamos 1,500 pesos. Esto es realmente un apoyo a los ciudadanos en sus momentos de dolor y pena. Varios presidentes municipales de izquierda así como regidores y síndicos, han entrado en conversaciones para que, aprovechando la autoridad que ejercerán a partir de 2018, puedan hacer realidad un proyecto como el descrito.

La izquierda debe apoyar a los ciudadanos con proyectos reales (guarderías de bajo costo, bufetes jurídicos gratuitos, comedores populares, ciclopistas, mercados para ambulantes, teatro comunitario, programas de cultura crítica). Esos proyectos marcaran diferencia entre un gobierno de izquierda (que apoya al pueblo) y los gobiernos de derecha (que apoyan caciques y millonarios). Es momento de estar haciendo planeación municipal con enfoque de género. Nada de obras de ornato de alto costo y bajo impacto social.

Lo que urge es apoyar los bolsillos del ciudadano de a pie, el que no tiene auto y mantiene con su salario mínimo a toda una familia. Lo hemos visto aquí en la región y otros municipios. Ahí en la práctica diaria está el compromiso real con la comunidad, no en la demagogia de palacio. Las funerarias privadas tienen precios muy altos. Lo hemos verificado. No todos podemos pagar esos precios.

Los gobiernos municipales de izquierda en la región tienen ante sí este primer compromiso. La ciudadanía votó por ellos. No deben fallar. Por nuestra parte estaremos al pendiente de que estas demandas sociales se cumplan. La izquierda debe estar fuertemente articulada con los trabajadores, ahí radica su fuerza. No hacerlo es traición a los principios universales establecidos por la izquierda. La lucha política pasa por el apoyo a los trabajadores (mujeres y hombres) de barrios y colonias que lo necesitan.


JESÚS VÍCTOR GARCÍA REYES

Politólogo (UNAM / BUAP / INAP). Catedrático. Coordinador del CECDMO.


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