A mes y medio de haber tomado posesión los 212 municipios de Veracruz se observan una serie de peculiaridades que llaman la atención a los ciudadanos. Una de ellas es, que en buena parte de ellos se encuentran con vehículos destinados a los servicios públicos deteriorados y por ende sin funcionar, también con mobiliario y equipo en malas condiciones, afectando con ello la prestación de los servicios públicos municipales básicos. Esta situación generalizada en el estado de Veracruz, y también en el país se hace común y es recurrente cada vez que una administración municipal se va y otra que llega.

¿Qué hacer al respecto?, ¿Qué hacen los diputados locales en relación a presentar iniciativas de Ley que terminen de una vez por todas con estos ilícitos? Por lo que se observa en Veracruz, en este aspecto hay lagunas jurídicas que deberán subsanarse lo más pronto posible. Este es un trabajo para la Legislatura que deberá proponer leyes que detengan estos atropellos a la ciudadanía.

Para los casos que conocemos, hemos observado municipios con carencias hasta del más mínimo en materia de equipo de cómputo, deterioros notables en su mobiliario y equipo de oficina haciendo con ello la molestia ciudadana que con justa razón dado que paga sus impuestos.

En México los procesos administrativos públicos deben cambiar a toda costa, no se pueden seguir ofreciendo servicios municipales de baja calidad o de plano sin ofertarlos a la ciudadanía. Los servidores públicos de este orden de gobierno tienen la responsabilidad jurídica, administrativa y política de responsabilizarse frente a los ciudadanos.

Es muy fácil en una campaña política municipal prometer hasta lo inalcanzable, pero es muy difícil cumplir hasta en lo elemental tal es el caso de nuestros 212 municipios Veracruzanos incluyendo la propia capital Xalapa, en este tenor, entran el asunto de las deudas públicas municipales las cuales pesan como fuerte carga a los nuevos municipios que asumen responsabilidades.

Las deudas municipales siempre repercuten en la disminución de la inversión pública local, porque se tiene que abonar mensualmente a bancos recursos económicos que ya no se irán a obras y servicios. Es el caso de los municipios de la región centro de Veracruz desde Córdoba, pasando por Orizaba, Río Blanco, Nogales, Mendoza y hasta Maltrata. Hay también municipios pequeños suburbanos y rurales que están en una peor situación porque carecen de los recursos humanos, de la profesionalización de los servidores públicos y de los recursos económicos suficientes.

¿Qué hacer al respecto? Para empezar se necesita legislar para evitar a toda costa los abusos de los alcaldes que ya se fueron y prevenir los posibles de las nuevas administraciones municipales. A este respecto corresponde a la ciudadanía informarse a través de los titulares de transparencia municipal los cuales deberán tener habilitada la página oficial desde la primera semana de enero y donde deben encontrar la totalidad de la información que se produzca en sus ayuntamientos.


Jesús García Reyes

Politólogo (UNAM).

Catedrático universitario



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Cada vez que está en curso un proceso electoral, por los menos desde hace 30 años, una de sus principales características es el uso de las peores tácticas para intentar desacreditar a los rivales políticos. La “guerra sucia”, le llaman. Y esta ocasión no es la excepción.

Esas prácticas de denostación, injuria y/o calumnia del adversario político no conocen límites ni reglas. No importa que al destruirse la reputación de un contendiente se dañe irreversiblemente a su familia, su trabajo o su vida entera. Por encima de todo, está el acceso al poder. Y si para eso hay que despedazar al de enfrente con verdades a medias o mentiras completas, muchos políticos -con honrosas y muy contadas excepciones- están dispuestos a revolcarse en ese pozo de mierda sin contemplación alguna.

Mediante trascendidos, filtraciones, declaraciones teledirigidas y hasta meras suposiciones, la guerra sucia electoral ocupa los reflectores de la agenda política en temporada de campañas, alentada en muchas ocasiones por medios que deciden transfigurarse en mandaderos, en patiños y hasta en sicarios al servicio de los intereses de alguno de los grupos que se disputan el poder.

Como decíamos al principio, este proceso electoral no será la excepción. Por el contrario, la refriega en la época de las redes sociales, el Whatsapp y las “fake news” se avizora peor que nunca, gracias también a una sociedad con una paupérrima cultura política y con hábitos de consumo de noticias centrados en el morbo y no en la exigencia de calidad en los contenidos. Entre más chismes, y entre más sucios, mejor.

En Veracruz llevamos por lo menos 14 años ininterrumpidos en esa dinámica política funesta, en la que el lanzamiento de suciedad como arma y “estrategia” ha envilecido el intercambio público. No se debaten ideas y proyectos, sino supuestos o reales vicios y debilidades, de los que ni siquiera ha sido necesario presentar pruebas, pues lo que se busca no es hacer justicia, exhibir fallas de manera legítima o contrastar la viabilidad de las propuestas, sino simple y llanamente aniquilar al adversario con el que se compite por un cargo público.

Antes y ahora, tanto el actual gobernador de Veracruz, Miguel Ángel Yunes Linares, como sus antecesores Javier Duarte de Ochoa y Fidel Herrera Beltrán, han sido lo mismo verdugos que “víctimas” -suponiendo que se les pueda considerar así- en campañas de desprestigio de la más baja estofa. Enderezadas entre ellos mismos, pero también contra y a través de otros actores. Han sido los protagonistas y los directores de una trama trágica que ha polarizado a la población y empobrecido, en todos los sentidos, la vida en la entidad.

La persistencia de estas malas prácticas durante el proceso electoral en curso demuestra que la clase política que las usa no quiere un verdadero cambio en la manera como se dirimen las diferencias o se toman las decisiones de mayor trascendencia para la población. Mucho menos es su objetivo que tengamos mejores gobernantes ni representantes populares con responsabilidad social ni vocación de servicio.

Y en esas condiciones, con una clase política tan ruin, un espectro mediático tan degradado y una sociedad tan indolente, cerrada y poco exigente, no podemos esperar otra cosa más que el estiércol electoral nos inunde y ahogue las esperanzas de algo, si no mejor, por lo menos diferente.

Rúbrica

POR AURELIO CONTRERAS MORENO

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Rúbrica

Además de su cada vez mayor desvinculación y falta de representatividad social, el sistema de partidos en México se ha convertido en un auténtico tianguis, en el que no hay ideas, propuestas o posturas que valgan frente al cálculo de la ganancia electoral.

Y si bien los grandes partidos históricos y los grupos de poder que los controlan han sido los principales usufructuarios de ese mercado de votos, sus escisiones convertidas luego en lo que se conoce como la “chiquillada” partidista, han encontrado una veta para hacer de estos institutos políticos sendos y multimillonarios negocios para unos cuantos, a partir de dinero público.

Las reformas electorales de la década de los 90 de la pasada centuria buscaban ampliar la participación de la sociedad en los procesos de decisión política en condiciones de mayor equidad, para lo cual se abrieron las arcas del financiamiento público y se amplió el espectro partidista en el país.

El objetivo era terminar con el monopolio del partido único en el poder. Y de alguna manera se logró, primero, cuando en 1997 el PRI perdió la mayoría absoluta en el Congreso de la Unión. Y después, cuando en el año 2000 entregó la Presidencia de la República al PAN y se dio la primera alternancia de la historia reciente.

Sin embargo, a dos décadas de aquellas reformas que en su momento fueron verdaderamente trascendentes, lo que vino después fue la degradación de un sistema que no estaba diseñado para evitar ser desmantelado por los propios partidos, que lo desvirtuaron de tal manera que lo convirtieron en un botín que se reparten entre los mismos grupos de manera cíclica. Y cínica.

La “dictadura de la coalición” que rige los procesos electorales desde hace casi 20 años ha desdibujado por completo todas las identidades partidistas, beneficiando particularmente a los partidos más pequeños, que como auténticos mercenarios de la política se alquilan al mejor postor de acuerdo con los cálculos de su beneficio particular. Porque el de la sociedad a la que dicen representar, no les importa en absoluto.

Así es como vemos alianzas inverosímiles cuyo único fin es acceder al poder, como las del PAN y el PRD, que le permitieron al segundo no desaparecer, a cambio de olvidarse por completo de las reivindicaciones y banderas que alguna vez le dieron sentido a su existencia, mientras el primero se queda con las rebanadas más grandes del pastel gubernamental.

Algo similar pasa con el PRI y el PVEM, donde el primero ha cargado con el segundo por casi 20 años. Pero como ahora los verdes se sienten fuertes frente al brutal descrédito que afecta al tricolor, le venden a éste cada vez más “caro” su “amor”.

En el caso de los partiditos es todavía más grotesco. De una elección a otra, franquicias políticas como Nueva Alianza, el Partido del Trabajo y Movimiento Ciudadano pueden aliarse con la derecha, con la supuesta izquierda o con el priismo recargado, sin ruborizarse por ser señalados de cometer incongruencias, pues eso les tiene sin cuidado.

De esta forma, un partido de supuesta “izquierda”, como Morena, puede coaligarse sin problema con un bodrio político como Encuentro Social, en donde lo mismo confluye la ultraderecha religiosa que tránsfugas del priismo, el panismo y lo que se ofrezca en el camino.

El resultado es un mazacote político que no aporta ninguna idea, ningún proyecto de país ni de estado, pues de lo que se trata es de ganar elecciones y acceder al poder. Ya una vez ahí, se verá qué se hace.

Tales carencias programáticas, sociales y de identidad, han empobrecido el escenario político-partidista y provocado que las elecciones dependan de la postulación de líderes carismáticos, bien parecidos, buenos oradores o con grandes recursos económicos a su disposición, que a la hora de enfrentar responsabilidades públicas se enfrentan, también, con su atroz incapacidad.

La partidocracia nos ha dejado infestados de rémoras, que viven de sangrarnos a los ciudadanos.



Aurelio Contreras

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