Cuatro niños juegan alrededor de Karina Bonilla Parra, uno de ellos, Aldair (a modo de broma) afirma ser hijo de la joven de 29 años. Su intención es salir en la foto junto a su “madre postiza”. Todos ríen. Hace frío, últimamente se ha intensificado, las heladas son un constante problema en Nueva Vaquería, pero los niños ignoran el riesgo, su inocencia les otorga enormes dosis de felicidad que los adultos ya quisieran, sin embargo, a pesar de la risa contagiosa, de la mirada honesta, de la palabra amigable, el frío sigue siendo un peligro. Ellos lo ignoran, y quizá es mejor, aun con las bajas temperaturas contagian alegría, sonríen,se asombran con los visitantes y aprovechan para jugar al toro. El sol se ha escondido gracias a las nubes y la neblina comienza a avanzar. Karina es madre de dos niños. Han transcurrido 10 años desde que partió de su natal Cuiyachapa, en Coscomatepec, para formar una familia en Nueva Vaquería. Viste un suéter, un chaleco y un mandil, la temperatura está bajando. “Con el frío, día y noche, porque aunque esté el sol hay frío”, platica sentada en una banqueta a unos metros de su casa, construida de madera y lámina. De entre los niños que juegan al lado de la banqueta, llama a su hijo, un pequeño de no más de 3 años, que porta unas botas, un pantalón de mezclilla y una sudadera, estas prendas lo ayudan a soportar el frío. Sus mejillas también tienen las marcas que caracterizan a los niños de esta comunidad. “Tiene uno que darse mañas para mantener a los niños tibios y que no se enfermen, bañarlos junto a un anafre con brasitas, tibia su ropa, todo calientito, como ahorita no andan nada más en camisa, tienen que tener suetercitos gruesos para que no tengan frío, gorros. La tos es la que más los sacude por el frío, se les enfría el pecho, es de lo que más sufren los niños”, comenta la joven madre, quien concede unos minutos para la entrevista en medio de sus actividades de ama de casa. Su esposo se encuentra trabajando en el campo, como la mayoría de los hombres de la comunidad. Como en todas las viviendas de Vaquería, los anafres son primordiales, se necesitan para mantener el hogar lo más caliente posible. La gente conoce el riesgo, e intenta reducirlo lo más posible, aunque siempre hay peligro. “Con anafres, hacemos lumbre en el bracero, sacamos las brasas, las echamos en el anafre para mantener caliente la casa, los niños. En la noche a cenar y a acostarse, se tapa uno con las cobijas y saca uno el anafre para que no haya riesgo”, explica. El mayor temor son los niños, este año, como otros, el frío ha sido implacable. La tos comienza a atacar, junto con el dolor implícito por parte de madres y padres que deben afrontar esa realidad, el frío que embiste a los menores, los cuerpos frágiles que ceden al golpe. “Tenemos nuestra clínica y vemos que empiezan a tener ya unos dos días que ya no se les quita, los bajamos a revisar y si no se componen ahí pues con un doctor”. Con un abrazo, Karina quisiera mantener protegido de todo mal a su hijo, lo carga y con un beso demuestra el amor de una madre que está dispuesta a todo por él y por su hija mayor, que en este momento se encuentra en la escuela. El beso en las mejillas rojas hace sonreír al pequeño, que rodeado por un espectacular paisaje tiene motivos para ser feliz, para crecer y ser parte de un futuro estable, sólido, al igual que los otros niños, que como él, tienen que sobrevivir a las bajas temperaturas y las heladas de Nueva Vaquería.

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II PACO MONTES

GRUPO ARRÓNIZ