“Al llegar aquí hasta lloraba yo, porque hasta me salía sangre de las manos, sí, me salía harta sangre, ya después me tuve que adaptar aquí… porque ¿pa’ donde va uno?” Hace 35 años que doña Oliva Muñoz Gilgón, originaria del poblado de Rincón de Ixtaquilitla, municipio de Alpatláhuac, dejó su tierra natal para asentarse en Nueva Vaquería, Calcahualco. 

Y así la vida siguió su curso. En el amor así sucede constantemente: “No es donde nazca uno, sino donde la pase uno”, precisa doña Oliva.

Alrededor de la señora caminan sus tres nietos, uno de ellos un niño como de unos tres años. Al igual que los más pequeños de la comunidad más cercana al Pico de Orizaba, también tiene pequeñas lesiones en las mejillas, consecuencias del frío, que en los últimos días ha sido muy intenso, incluso con heladas que han arrasado con la cosecha. 

La casa de doña Oliva es como la mayoría de las que están construidas aquí, hechas de madera y de lámina, lo que da mayor acceso al frío. Afuera de ésta yacen troncos apilados, que son necesarios para hacer fogatas con las cuales se combate el frío. Es cerca de mediodía, el sol ha salido en Nueva Vaquería y los niños tienen permitido jugar a la intemperie, la temperatura está a unos 14 grados. Quienes no están acostumbrados a la altura (más de tres mil metros sobre el nivel del mar) sufren los estragos de la fatiga, además del clima.

“El agua todita la vida está bien fría, nunca está tibia, y ahí están los bronquios, se enferma uno, de lo mismo de la frialdad del agua. Los niños se mueren por los bronquios, por el frío”, platica la señora, ama de casa que para sobrevivir, cuando hay oportunidad, sale a buscar trabajo al campo al igual que su marido, porque “aquí las mujeres trabajan, aquí no es que van a estar sentadas en la casa”, explica.

Este año la helada acabó con la mayor parte de lo único que se puede sembrar aquí: la papa. “Teníamos un huerto de verduras (sic) y todo, y vino el frío y todo se llevó, sólo quedó la tierra, no hay de qué, ¿qué otra cosa hacer?”.

El clima mata la cosecha y el dinero no alcanza, así que cuando hay oportunidad de ir al jornal así lo aprovechan y cuando no, hay que buscar a alguna familia con la cual trabajar en su casa. Lo único que importa es la sobreviviencia.

“Ha sido muy difícil, pues no se tiene lo suficiente, porque a veces cuando se dan las papitas ¡qué bien! y cuando no, así se nos quedan todos, tiene uno que trabajar algún jornalito que le caiga a uno, cuando hay algún jornalito tenemos que ir, y cuando no, aunque ‘quiéramos’”, indica.

Este día ha sido benévolo, el sol ha permitido que los niños salgan a jugar. Al lado de doña Oliva sus tres muchachitos miran atentos la plática, el más pequeño no tiene suéter, y en contraste, tiene signos de resfriado, además de las señales típicas de los niños de aquí, sus mejillas rojas, debido a las bajas temperaturas. Tienen poco tiempo para jugar, porque a pesar de que el sol brilla intenso, la neblina lentamente cubre los cerros aledaños, pronto la comunidad estará cubierta por la niebla. 

Este día es lunes 18 de diciembre y las vecinas se las ingenian para arreglar una de las casas cercanas a la entrada, pues es un día de posada y quieres festejar. Los pobladores están invitados, incluso los extraños, sin embargo, es poco probable que acudan los más pequeños, sería muy riesgoso.

“Ya ahorita de las 4 (de la tarde) para adelante ya los encerramos. Aunque hay posadas, ya uno no los lleva, si se nos llegan a enfermar por recibir un tamalito, pues mejor los tenemos encerrados”, apunta.

De pocas palabras, pero impulsada por la esperanza de recibir ayuda, doña Oliva confirma que en Nueva Vaquería sí hay necesidad, sobre todo para los más pequeños habitantes, los niños, quienes necesitan suéteres, cobijas, abrigos, lo que sea que pueda ayudarlos a pasar el duro invierno que ya llegó. “Con lo que lleven el gusto, con cobijas, zapatos, con lo que nos hagan favor de ayudarnos. Es lo que nosotros nos hace falta, ropita, cobijitas, eso nos hace falta aquí”.


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II Paco Montes

Grupo Arróniz