Guadalupe es una señora de 75 años, con un amor infinito por sus nietas y sobrevivir.

Su sonrisa, casi sin dientes, deja ver a expresión de su piel, que muestra los efectos del trabajo y dedicación a su tierra y lo poco que pueden cosechar para vender.

Originaria de Tequila, llega a Orizaba con sus nietas, unos rojo-amarillos duraznos en su cubeta y unas bolsas listas para ser rellenadas.

Las niñas dicen que el dinero es para la escuela, por lo que con cuidado van colocando con sus manos uno por uno de los duraznos que ofrecerán a los transeúntes con la esperanza de obtener unos pesos.

Guadalupe, Olivia y Rosalía, lucen su mejor sonrisa para vender, no hacen drama ni piden un peso, lo que quieren es vender y poder regresar a casa antes que la noche.

“Lo traemos de Altlanca, de Atlahuilco, y aquí lo vendemos; a veces venimos tres días a la semana”, dijeron.

Ocote y zarzamora son otros de los productos que pueden traer a vender de acuerdo a las posibilidades de traslado.

Una bolsa de duraznos tiene un costo de 10 pesos y las niñas esperan salir de la escuela, y llegar a la ciudad, cuando no hay clases llegan temprano.

Pero nadie está exento del reglamento de Comercio, por lo que esta abuelita debe traer de un lado a otro su cubeta a pesar de cansancio.

“No me dejan vender, no podemos estar en un solo lugar, nos mueven, yo tengo 75 años y vengo con mis nietas, ¡andamos de un lado para otro!”, se queja.

Las niñas aseguran venir a la venta y estar contentas con su abuela, portan el uniforme deportivo de la escuela con zapatos escolares, unos cabellos en la cara y unos collares de hilo.


Gisela Hdez. Muñoz/El mundo de Orizaba