A todo ser profano se le llega su capilla, inclusive bendecida por el Sumo Pontífice actual el Papa Francisco, alcanzando perdones hasta cierto punto divinos el propio Cuauhtémoc Blanco, que aunque usted ni el propio Ripley lo crea de repente en el verano le ha brotado una aureola que nadie esperaba, sobre todo desde que se encuentra sentado en la silla del poder municipal de de Cuernavaca, ya estando en la lista que huele a incienso del bueno para disputar un partido en el estadio Olímpico de Roma, que promocionado por el Vaticano servirá para recabar fondos para obras de caridad y de ayuda en el mundo.

Tal parece que luego de que termine su compromiso, allá por el 12 de octubre, la vida del divo de Tepito podría tener una rara similitud con la de aquel San Agustín, que luego de darle vuelo a la hilacha durante 32 años, por fin encontrando la paz en su conciencia oyó el llamado de Dios, para finalizar su existencia siendo un real ejemplo para propios y extraños.

No acordándonos de demasiados ejemplos de tipos carismáticos tanto dentro como fuera de los templos e iglesias, si acaso lo dejado por aquel gran jugador de las Chivas, Arturo el Cura Chaires, el cual escuchando de vez en siempre lo que fue su máxima anécdota, uno acierta a comprender que la voz del Supremo se puede escuchar cuando nadie se lo espera.

Explicando Chaires, ya a punto de cumplir los 80 años, que se hizo futbolista después de recibir la contestación de Dios, cuando en su época de seminarista él le pidió al Hacedor del Mundo una respuesta, o un indicio, para saber cuál era su camino en la vida, interrogante que se gestó al pasar por afuera del campo de prácticas de las Chivas, golpeándole un balón su cabeza, por lo cual Arturo ya supo hacia donde lo conducía su destino, iniciando su proceso como recoge esféricos, hasta terminar siendo uno de las grandes defensas del equipo tapatío.

Viniendo también a la mente aquel portero argentino de los Pumas, Rubén Montoya, el cual en sus ratos libres predicaba la palabra de Dios en las colonias más apartadas y peligrosas del DF.

Mas ninguno llegó al Vaticano.


Tomás Setién Fernández

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