Las matemáticas o la simple y a veces atormentante aritmética, sobre todo cuando se machetea la tabla del dos en la instrucción primaria no son siempre perfectas, encontrando su derrota y pérdida del invicto dentro de las nuevas disposiciones del fútbol mexicano profesional, sobre todo cuando a alguna mente calenturienta se le ocurrió realizar la ecuación del diez por ocho, en relación a abrirle el zaguán ahora sí en grande, a lo bestia, a la irrupción de futbolistas que no tuvieron la suerte de nacer en suelo azteca, ante lo cual ya el cambio de oro por espejitos con lentejuelas será en grande en el torneo de apertura que llegará desde hoy por la noche.

Pudiendo colocar los diversos equipos hasta diez elementos naturalizados como mexicanos que no haya cumplido los 18 años o que mínimo hayan ya jugado un torneo anteriormente, casi gateando y añorando su anterior juego de canicas con o sin hoyo por delante.

Y prácticamente un hoyo es el que tienen los directivos de la cúpula de cristal totalmente rompible de la Federación Mexicana de Fútbol, que ante tamaña medida los verdaderos jugadores mexicanos, los que nacieron en La Gran Tenochtitlán sin ninguna clase de trucos, júrenlo serán relegados a los rincones obscuros, a la manera de aquella canción del inolvidable Francisco Gabilondo Soler Cri-Cri, solo pudiéndose hallar al término de la melodía y de los partidos en los rincones más obscuros de sus respectivas organizaciones.

Irrumpiendo como la carga de los nuevos forasteros ya debidamente registrados nada menos que 45 elementos, que se unen a los ya naturalizados como mexicanos.

Apareciendo por fin el equipo de Veracruz en el primer sitio de algo, estando parejo con los Xolos de Tijuana en eso requerir a los jugadores mexicanos de llavero, teniendo 13 elementos cada conjunto, por lo cual la propia letra de La Bamba bien podría llevar la entonación y el acento argentino, uruguayo de algún tango, etc.

Con nuevos mexicanos, todavía mascando chiclet bomba y gustando de los helados de chocolate con mezcla del dinero constante y sonante, colombianos, chilenos, uruguayos, gringos, y hasta españoles con recetas infalible de paellas y cocidos, unos naturalizados, otros en vías, continúan contemplando al fútbol mexicano, como el título de aquella célebre novela escrita por el inolvidable Luis Spota, Casi el Paraíso.